Somos aficcionados
que se entretienen lindo cuando se trata de describir paisajes, personas,
situaciones, cosas.
Pero enfrentados a la Belleza , mano a mano, como
en un truco con naipes imposibles, nuestras palabras se descartan amontonadas y
se muestran en toda su inutilidad. Eventualmente podríamos, en cambio, contar
limitadamente el universo de sensaciones que corre por dentro al enfrentarla.
Despertarse a la madrugada
después de un viaje en ómnibus es, convengamos, una oportunidad para la percepción.
El comienzo es necesariamente molesto, porque nada hay más desagradable que
emerger de un sueño viscoso y oscuro rodeado de mucha gente. Diferente es abrir
los ojos (o uno) y percibir la forma y la respiración suave de tu compañera la
lado: La presencia, indiferente o no, de gente por todos lados violenta y
abruma ese instante supremo en el que volvemos al mundo de los vivos.
Pero la
bienaventuranza de la que habla Serrat es cierta, y estar en el fondo del pozo
es bueno, toda vez que lo que sigue siempre es mejor. Rápidamente se puede
dejar atrás el pasillo del colectivo con la fila torpe de cavernícolas sumisos,
la dársena con olor a gas oil en el mejor de los casos y las luces exageradas
del hall de la Terminal. Solo
resta salir a la vereda y sortear el inconveniente de escuchar –y ver- a
algunos taxis bailando ante la fila de pasajeros una sórdida danza lineal de
codicia, para llegar a encontrar nuevamente a nuestra amiga la noche, al cielo
oscuro y la paz de las cinco de la mañana.
Con la esperanza de
caminar las siete cuadras que me separan de la cama lo más embotado posible, lo
menos estimulado que se pueda, sin aumentar siquiera el ritmo cardíaco, enfilé
para la puerta de salida. Y me encontré con la lluvia.
Podría haber pensado
que me iba a mojar y despertar, que me tendría que apurar, pero no. Ni siquiera
tuve tiempo de sentir molestia alguna. Antes de que mi modorra se queje, antes
de que el ceño se arrugue, la mirada mandó las cejas hacia arriba y el fastidio
de unos pasos atrás dejó paso al asombro.
Una lluvia suave y
vertical, lenta y tibia bañaba las calles, las veredas, los techos y las
plantas de la ciudad dormida. Emprendí un viaje corto a paso tranquilo, sin
dudas convencido de que ese regalo era excepcional y mío.
Todos sabemos lo bello
que es ver llover en el campo o en la montaña o en las orillas, sentir cómo se
conjugan la belleza del paisaje con las fuerzas de la naturaleza liberadas del
transcurrir monótono de las subidas y bajadas del sol. Por eso, porque lo
sabemos, podemos saborear infinitamente la maravilla de ver a la ciudad dormida
mojada de pies a cabeza.
Fui caminando para
el Sur a paso moderado, no por el ánimo de evadir las gotas que iban empapando
mis ropas, sino para alejarme de mis ruidosos y alienados compañeros de
especie.
Cafferatta aquí
tiene el mismo sabor céntrico que, por decir una, Buenos Aires: Los vehículos
corren apurados por ella; nunca hay un cese definitivo del movimiento, aún en
la madrugada profunda, y posee una tensión que se explica por su propia característica
de calle de conexión.
Esta hora en la
ciudad siempre tiene la magia del silencio y el vacío, que transforma cualquier
lugar en una casa gigantesca y propia, llena de rincones cómplices. Agréguele
ahora la lluvia cayendo sin una brisa, calando las paredes, bajando por los
troncos de los árboles, murmurando sola, sola en la ciudad vacía: Apenas se
puede atinar a agradecer la fortuna de poder verlo y sentirlo.
Apuraba el paso solo
para dar vuelta la ochava de Marcos Paz, intuyendo lo que iba a encontrar,
sabiendo ya que mi calle iba a ser el regalo de esta noche que sabía mágica y
transitada de amares incluso antes de comenzar el viaje desde la Capital , y sabiendo
también que iba a caminar suave hasta mi casa, y que cambiado de ropa y seco no
rumbearía al dormitorio y me sentaría a escribir -a años luz de aquella modorra
del despertar súbito y excesivamente acompañado del ómnibus- una síntesis de
las sensaciones que a esa altura me estaban desbordando.
Cuando me enfrenté a
la cortada más larga de Rosario, a esas cuadras iniciales, mirando al este, me
tuve que detener, atravesado por la belleza. La calle que dejaba atrás, como si
comprendiera el momento, ayudó conteniendo sus taxis, sus ruidos y su gente, y
por un instante eterno, inmemorial, ante mis ojos solo estaban, solas, la
ciudad y la lluvia.
Es una tarea inútil
describir el espectáculo: podríamos decir que los árboles de las dos
veredas –jóvenes pero con sus copas tocándose ya-
recibían con un susurro las gotas incesantes, que mis oídos sospechaban desde
la calle las chapas cantarinas de los centros de manzana, que pequeños arroyos
corrían respetuosos por los cordones y que el adoquinado dirigía con asombro su
mirada de mosca a la noche negra que no cesaba de enjugar el sudor de un cielo
cansado del calor de estos veranos. Es tan infructuoso como intentar describir
la maravilla explicándola parte por parte. El espectáculo que transité por tres
cuadras más, lento, humilde, agradecido y feliz se componía de todo eso al
mismo tiempo.
Por unos instantes
busqué el significado que, necesariamente, tenía que haber en ese cuadro.
Lentamente se corrió el velo y entendí: Era la lluvia gobernando la ciudad.
Con un sonido suave
y formidable que llegaba de todos lados, la naturaleza estaba hablando. La ciudad
sumisa, resignada, y la lluvia sin soberbia, pero firme, imponente, me
mostraban que a veces las cosas vuelven a su lugar y que todavía podemos
recordar, con una función especial para nuestros ojos, cuál es el pequeño lugar
que a los humanos les corresponde en esta tierra.
MarceloT
5-3-09,
6 AM












