domingo, 14 de diciembre de 2014

El regalo

Somos aficcionados que se entretienen lindo cuando se trata de describir paisajes, personas, situaciones, cosas.
Pero enfrentados a la Belleza, mano a mano, como en un truco con naipes imposibles, nuestras palabras se descartan amontonadas y se muestran en toda su inutilidad. Eventualmente podríamos, en cambio, contar limitadamente el universo de sensaciones que corre por dentro al enfrentarla.
Despertarse a la madrugada después de un viaje en ómnibus es, convengamos, una oportunidad para la percepción. El comienzo es necesariamente molesto, porque nada hay más desagradable que emerger de un sueño viscoso y oscuro rodeado de mucha gente. Diferente es abrir los ojos (o uno) y percibir la forma y la respiración suave de tu compañera la lado: La presencia, indiferente o no, de gente por todos lados violenta y abruma ese instante supremo en el que volvemos al mundo de los vivos.
Pero la bienaventuranza de la que habla Serrat es cierta, y estar en el fondo del pozo es bueno, toda vez que lo que sigue siempre es mejor. Rápidamente se puede dejar atrás el pasillo del colectivo con la fila torpe de cavernícolas sumisos, la dársena con olor a gas oil en el mejor de los casos y las luces exageradas del hall de la Terminal. Solo resta salir a la vereda y sortear el inconveniente de escuchar –y ver- a algunos taxis bailando ante la fila de pasajeros una sórdida danza lineal de codicia, para llegar a encontrar nuevamente a nuestra amiga la noche, al cielo oscuro y la paz de las cinco de la mañana.
Con la esperanza de caminar las siete cuadras que me separan de la cama lo más embotado posible, lo menos estimulado que se pueda, sin aumentar siquiera el ritmo cardíaco, enfilé para la puerta de salida. Y me encontré con la lluvia.
Podría haber pensado que me iba a mojar y despertar, que me tendría que apurar, pero no. Ni siquiera tuve tiempo de sentir molestia alguna. Antes de que mi modorra se queje, antes de que el ceño se arrugue, la mirada mandó las cejas hacia arriba y el fastidio de unos pasos atrás dejó paso al asombro.
Una lluvia suave y vertical, lenta y tibia bañaba las calles, las veredas, los techos y las plantas de la ciudad dormida. Emprendí un viaje corto a paso tranquilo, sin dudas convencido de que ese regalo era excepcional y mío.
Todos sabemos lo bello que es ver llover en el campo o en la montaña o en las orillas, sentir cómo se conjugan la belleza del paisaje con las fuerzas de la naturaleza liberadas del transcurrir monótono de las subidas y bajadas del sol. Por eso, porque lo sabemos, podemos saborear infinitamente la maravilla de ver a la ciudad dormida mojada de pies a cabeza.
Fui caminando para el Sur a paso moderado, no por el ánimo de evadir las gotas que iban empapando mis ropas, sino para alejarme de mis ruidosos y alienados compañeros de especie.
Cafferatta aquí tiene el mismo sabor céntrico que, por decir una, Buenos Aires: Los vehículos corren apurados por ella; nunca hay un cese definitivo del movimiento, aún en la madrugada profunda, y posee una tensión que se explica por su propia característica de calle de conexión.
Esta hora en la ciudad siempre tiene la magia del silencio y el vacío, que transforma cualquier lugar en una casa gigantesca y propia, llena de rincones cómplices. Agréguele ahora la lluvia cayendo sin una brisa, calando las paredes, bajando por los troncos de los árboles, murmurando sola, sola en la ciudad vacía: Apenas se puede atinar a agradecer la fortuna de poder verlo y sentirlo.
Apuraba el paso solo para dar vuelta la ochava de Marcos Paz, intuyendo lo que iba a encontrar, sabiendo ya que mi calle iba a ser el regalo de esta noche que sabía mágica y transitada de amares incluso antes de comenzar el viaje desde la Capital, y sabiendo también que iba a caminar suave hasta mi casa, y que cambiado de ropa y seco no rumbearía al dormitorio y me sentaría a escribir -a años luz de aquella modorra del despertar súbito y excesivamente acompañado del ómnibus- una síntesis de las sensaciones que a esa altura me estaban desbordando.
Cuando me enfrenté a la cortada más larga de Rosario, a esas cuadras iniciales, mirando al este, me tuve que detener, atravesado por la belleza. La calle que dejaba atrás, como si comprendiera el momento, ayudó conteniendo sus taxis, sus ruidos y su gente, y por un instante eterno, inmemorial, ante mis ojos solo estaban, solas, la ciudad y la lluvia. 
Es una tarea inútil describir el espectáculo: podríamos decir que los árboles de las dos veredas   –jóvenes pero con sus copas tocándose ya- recibían con un susurro las gotas incesantes, que mis oídos sospechaban desde la calle las chapas cantarinas de los centros de manzana, que pequeños arroyos corrían respetuosos por los cordones y que el adoquinado dirigía con asombro su mirada de mosca a la noche negra que no cesaba de enjugar el sudor de un cielo cansado del calor de estos veranos. Es tan infructuoso como intentar describir la maravilla explicándola parte por parte. El espectáculo que transité por tres cuadras más, lento, humilde, agradecido y feliz se componía de todo eso al mismo tiempo.
Por unos instantes busqué el significado que, necesariamente, tenía que haber en ese cuadro. Lentamente se corrió el velo y entendí: Era la lluvia gobernando la ciudad.
Con un sonido suave y formidable que llegaba de todos lados, la naturaleza estaba hablando. La ciudad sumisa, resignada, y la lluvia sin soberbia, pero firme, imponente, me mostraban que a veces las cosas vuelven a su lugar y que todavía podemos recordar, con una función especial para nuestros ojos, cuál es el pequeño lugar que a los humanos les corresponde en esta tierra.

MarceloT

5-3-09, 6 AM

martes, 9 de diciembre de 2014

Cambio de equipo - A cinco años

Entre doce y dieciocho hombres jugando al fútbol en una canchita aledaña a la intersección de la Ruta Provincial 93 y la Nacional 33 puede verse como un picado transitorio. Pero si Ud. los encuentra desde hace quince años, todos los domingos después de las seis de la tarde en el mismo lugar –alguna cara nueva, algunos años en los huesos- eso se parece más a una religión que a una pasión deportiva. Más bien afirmaría Ud. que son una secta de fundamentalistas.
La cita se cumple aún con un chaparrón de por medio, y los protagonistas, apasionados como en un campeonato, entregan alma, vida y generosidad deportiva. 
Yo tuve y tengo el honor de estar en ese grupo. 
La pertenencia y el cariño permitían mi presencia en un lugar extraño a mis reducidas capacidades futbolísticas. Solo por eso, en mis esporádicos viajes a Firmat, a la casa de mis viejos, nunca perdí el lugar en uno de los dos equipos que los Tenaglia, los Giuliani y algunos más –sin necesidad de hacer pisadita, solo equilibrando en cada equipo habilidosos, viejitos y “quesos”- acuerdan cada domingo para esa lucha a todo o nada.
Jugábamos al fútbol durante más de dos horas. La hora del encuentro va modificándose durante el año, junto con el tránsito del planeta alrededor del sol, para que solo la oscuridad total sea el final del partido, de tal manera que el de más edad, o el de menos vista pronuncia la sentencia que abjuran los más jóvenes y ansían los veteranos:
-Ya no se ve más. -E inmediatamente se desclavan los arcos, y entre comentarios de tercer tiempo se cruzan pesadamente al otro lado de la ruta para que esperen al próximo domingo.
Es allí, en todos los eventuales partidos que juego, cuando se produce el cambio de equipo que da título a la nota, siempre que haya goles, o a veces sin ellos.
Antonio Tenaglia, mi viejo, siempre juega en el arco. No le pregunté todavía si jugaba al fútbol en su Abruzzo natal; allá el tiempo de ocio no sobraba ni para los chicos, pero me cuesta imaginarlo huérfano de pelota: chicos de pantaloncitos rigurosos, corriendo un bollo apretado de trapos. Como sea, si jugaba, seguro fue guardavallas. Muy eventualmente, de dos y en algún extraño caso lo haría en el mediocampo, para cubrir a algún compañero. Aunque quisiera, no recuerdo fehacientemente su ubicación en los nebulosos torneos que en mis primeros años de vida pude presenciar en la cancha de Tamborini.
Lo cierto es que su lugar en los últimos veinte años siempre estuvo en el arco de esa convocatoria. Mantiene la técnica que aprendió en los ’50, bajando la rodilla para aprisionar el balón, una mano arriba, a la altura del pecho, y otra debajo de la pelota; con una habilidad para caer que le permitió transitar sus setenta años sin lesiones de cadera o de articulaciones, y con una precisa capacidad de calcular los tiempos en que llegaba la pelota y el atacante para salir al cruce y rechazar, o mandarla al techo de la ex Fábrica Durany. 
Eventualmente, me toca jugarle desde el equipo de enfrente. Mala suerte ese día. Desde la posición de tres reprimido que me imponen -porque si me proyecto nadie cubre mis espaldas- veo los entretelones del partido, aportando mi humanidad cuando alguien tiene el atrevimiento de proyectarse por derecha, con diversa suerte para él según su capacidad de soportar el dolor o gambetear el hachazo.
A veces, mi equipo avanza y llega al arco. Como si mi deseo le pusiera motor al grupo y alas a sus tobillos, de la galera de Walter, o de Pucho, aparece una genialidad y la pelota vuela hacia un ángulo imposible para el viejo. 
Ahí, en ese instante, cambio.
No hay explicación, no hay psicología que entienda este fenómeno. Tampoco hay apasionamiento en el campo que lo impida: En ese momento, no soy más de mi equipo, y como un hincha contrario, como uno de los defensores que alinea mi viejo, espero que esa pelota no entre y que llegue a sus manos, que golpee en el palo al menos y que una vez más su valla siga invicta.
¿Porqué tendría que sufrir un gol?, me digo. Si lo hizo todo, lo dejó todo, lo concretó todo para su gente, en la forma que él pudo hacerlo.
Nació y vivió en su Italia natal de privaciones, leyendas y descubrimientos. Entre ellos, el de la gran Guerra. Creció a la sombra de aviones y paracaidistas que minaban el azul del cielo con un oscurecimiento de horror. Cursó hasta quinto grado, y tal vez esa reducida educación formal le despertó la pasión por aprender más, siempre un poco más. Llegó joven a la Argentina, como tantos. Para quedarse, para comérsela y hacer de éste su propio lugar.
Estudió electrónica y aprendió a reparar radios y televisores cuatro años antes de que se emitiera la primera señal televisiva en Argentina. Y ya con María al lado, en los primeros años del medio siglo juntos, empezó a construir su mundo.
Hizo tambo, y trataba a cada animal como a un familiar. Quiso construir acoplados y junto su hermano construyeron dos: Podrían haber sido industriales. Trabajó durante décadas la tierra y se hizo agricultor, primero en tierra arrendada y de a poco haciendo su mayor sueño: Tener un pedazo de tierra propio. Mientras tanto, hizo funcionar como nunca la cooperadora de nuestra escuela primaria, en Villa Divisa de Mayo, el nombre formal del paraje Tamborini: La presidió desde mediados de los sesenta a fines de los setenta, cuando ya las radios dejaban de transmitir radioteatros y tomaban predilección por la marcha “Avenida de las Camelias”.
Mientras sus hijos crecían y empezaban a tomar parte del desafío de seguir “haciendo la América”, Antonio seguía concretando sueños. Ya no le brillaban los ojos cada vez que veía un avión cruzar el cielo, se le iluminaban cuando los manejaba. Aprendió a volar y consiguió su brevet de piloto civil y luego, sin dudarlo, comenzó a hacer lo posible para que el Aeroclub Firmat crezca. Siempre, claro, trabajando la tierra, y cuidando el patrimonio familiar, reinando sobre los fierros, trepado a esa cosechadora como si ella misma fuera su atuendo de monarca. 
Por esa época, una mala jugada de un falso amigo le hizo perder gran parte de su capital, su crédito familiar y una buena porción de la alegría y la actividad que era su impronta personal. Se había puesto más cansino y ensimismado. Pero fue capaz de volver a la carga, aunque trabajando en un lugar menos protagónico en la empresa familiar. Al tiempo empezó a gestionar la Sociedad Italiana. Fue su presidente muchos años, y su participación en la comunidad firmatense lo llevó a presidir –contra todas las opiniones de su entorno- el Hospital local. Y siempre queriendo aprender más: Sus esfuerzos más recientes estaban dedicados a la informática.
Y el fútbol, siempre el fútbol. Como un telón de fondo multicolor, la pasión por el fútbol iluminaba su día a día. Siempre me hablaba de la visita del plantel de Boca a la ciudad el año en que yo nací. El club no conservó la humildad de esos tiempos, pero eso no produjo que dejáramos de seguirlo con una pasión inexplicable. Jugó siempre, con variables posibilidades físicas, y se había vuelto aficionado a los torneos de súper veteranos del Fredrikson Fútbol Club. Concurría puntualmente a ver o jugar fútbol, y tanta asiduidad terminó por ponerlo al frente de la institución, como no podía ser de otra manera.
Siempre fue así, siempre dejó una parte de su tiempo para los demás, claro que nunca descuidando el trabajo en la empresa familiar.
Entonces, cuando estoy en la cancha con él me pregunto: Si hizo todo, y a pesar de dejarlo todo para los demás algunas cosas no le salieron, por culpa de oportunistas o salteadores, ¿Porqué un gol? ¿No sería posible algún hechizo que permita que a este tipo de hombres no le conviertan goles los equipos contrarios? Debería existir una ley universal de la física que impida a los balones ingresar a la valla de aquellos arqueros que, como el que nos ocupa, hayan dado muestras probadas en su vida de entrega y amor a los demás.
Mientras esto no ocurra, yo, su hijo menor, me voy a seguir dando el gusto de amañar la realidad para que los goles que por mala fortuna tenga que sufrir, no sean de mi equipo; pararme al lado suyo mentalmente, desde otro punto de la cancha y estirar la cabeza, o una pierna, ahí, a la ratonera, para desviar esa pelota y que su valla gigante, como ahora, siga invicta.


Hace seis años que está escrita esta historia. Aunque nunca la había terminado, la idea y la estructura principal fue elaborada en 2003, con la idea de homenajear en vida a un ser único. Claro, los padres son siempre únicos, pero éste lo era también fuera de mi visión de hijo, en el entorno en que se movía. Una persona especial que tenía esta rara combinación de paz, actividad, trabajo, participación, amor a la familia y dedicación a la comunidad. 
El miércoles 9 de Diciembre, noche de fútbol, mientras miraba jugar a su equipo al borde de la cancha del club que presidía, charlando con compañeros de juego y disfrutando de una noche serena, Antonio se desvaneció y dejó este mundo. Vivió como quiso y murió como lo habría imaginado, si se lo hubiera propuesto. Hoy hubiera cumplido 76 años.

MT, 9 de diciembre de 2009

domingo, 7 de diciembre de 2014

Ver

Vamos a mirar llover
corazón.
Vamos a hacer un largo
mate de domingo
y ver llover,
caer el agua inmortal,
llenar los huecos de la tierra,
cavar huecos en el asfalto,
llorar.

Gotas sin nombre,
sin un nombre,
que sin embargo
somos todos
gritando ahí en la calle.
Mojando al diputado
al cura
a la virgen
a la señora de la plaza
al flaco que está loco
al hombre de azul
a las cuatro patas del perro.

Resbalando sobre las palomas,
haciéndole la panza a las semillas,
inventando el olor de los jazmines,
filtrándose en la casa de los bichos,
terca e ignorante,
la lluvia hace su trabajo y nos libera.

Hacer el rito
sanar la tierra
volar helada
mojar ardiendo.




domingo, 30 de noviembre de 2014

La guerra y la patria


Mis dos nonnos. El de la derecha, Giuseppe, el 17 de agosto habría cumplido 104 años. Cultivó la tierra en los años mansos de entreguerras y formó su familia. Después fue reclutado por Italia para combatir por el Eje a comienzos de los '40 y fue prisionero de los nazis cuando su país firmó el armisticio. Hizo trabajos forzados en fábricas alemanas y llegó a pesar menos de 40 kg. Él, con su contextura robusta y su vozarrón, se había vuelto un saco de huesos.
A la vuelta de la pesadilla alzó a su mujer y sus tres hijos y se vino a la Argentina, a buscar entre los eucaliptos que plantó por miles en la Estancia El Hinojo de Torres, entre los frutales que supo hacer florecer bien pronto, entre las verduras de su quinta, aquella mansedumbre de los años jóvenes. Su única lucha fue contra yuyos y bichos y para su fortuna fue una guerra sin estampidos. Todavía lo veo armado con su mochila como un combatiente silencioso.
Perdió la paz de las colinas de Abruzzo para siempre pero se llenó del horizonte interminable de la pampa y con el tiempo tuvo una mesa larga en navidad, larga y llena de nietos y bisnietos.

El 15 de noviembre es el cumpleaños de mi amado nonno Domingo, el de la izquierda.
Había nacido después de la primera década del siglo XX. Cómo quisiera haber estado ahí, viviendo esa vida simple y dura de la campiña italiana cuando todo parecía haber sido recién creado. Creció con la sombra de la guerra en su memoria, espantándola con la tierra y la azada: cuando los hombres se pelean, trabajar la tierra suele ser un buen antídoto. Así creció y se hizo hombre, y conoció a Cecilia, que no por casualidad llevaría ese nombre: su voz al cantar era maravillosa, y él sabía que a veces, por las noches, se iba con las hadas a hacer rondas y cantar bajo los árboles y la luna.
Con 25 años apenas fue padre. La niña fue llamada María, e iba a tener la voz bella de mi abuela y la vida atravesada por la tragedia de amar en tiempos de guerra.
El destino, que le habló de fusiles desde niño, lo llevó a tener un uniforme y armas en sus manos, y con la plenitud de la vida en sus venas se fue a Grecia a ocupar territorios a nombre del Duce. No la pasó bien, pero volvió cuantas veces pudo por el amor a esa familia que hacían crecer con su compañera, remando contra la miseria. En medio de las idas y vueltas al frente perdió un hijo pequeño y ya el sol no iba a volver a brillar como siempre.
La posguerra alumbró un nombre: Argentina, que sonaba a campos infinitos y paz. Primero marchó él sólo, para armar el nido donde podría seguir la vida buena de la que alguna vez le hablaron. Pero el revés inesperado de un cáncer en la garganta de Cecilia le arrebató la luz que le quedaba. Nunca volvió a ser el mismo. Maldijo el nuevo país, maldijo su patria: sin su mujer, no había tierra que él supiera propia. Volvió a Italia para nunca más pisar Argentina, que de algún modo le llevó lo que más amaba, y se reunió con sus tres hijas para afrontar el dolor y lo que viniera.
Pero Italia tenía el granero vacío, y expulsaba gente. Faltaba muy poco para el desarrollo y las fábricas, pero la miseria mordía las tripas y los ojos de sus hijas le hicieron ver el camino de nuevo y se animó a volver al país del trigo. En el puerto, la autoridad italiana que despedía a los emigrantes lo puso con su inmensa timidez como un ejemplo ante todos, sólo porque se iba del país. Se iba con tres hijas a buscar nuevos horizontes. 

Y claro que había horizonte en esa pampa interminable, en esta tierra sin colinas. Lo encontró, en el campo, en la quinta, llevando la verdura antes de aclarar a la ciudad, con sus hijas creciendo y casándose. Una nueva mujer, un hijo más que llenó sus días mansos de travesuras y discusiones. Y la vida en un país en el que volvió a justificar su existencia gracias a una familia ruidosa y alegre, pero ya sin patria. La patria, ese concepto debatido, teorizado y fugaz, para él era indiscutible y simple, y estaba enterrada en un frío cementerio de Abruzzo.

domingo, 19 de octubre de 2014

María planta alelies para conjurar la muerte.

La tos convulsa se llevó a Enrique, chiquito y amarillo, y la culpa interpela a toda la familia. 
Ese tío que no tuve tiene variadas caras, alturas, ropa. Su ausencia, o quizá su presencia indefinida llevó a mis abuelos a invocar una vez más a la vida, que siempre se abre camino y compensa, y años después llegaría Enriqueta. La menor, menuda, charlatana y arrolladoramente simpática. 
Pero Maria en aquél entonces era muy chica y tenía que cuidar además a otra hermanita, Ana, dos años menor, mientras sus padres trabajan. Enrique estaba a su cuidado algunas veces, y los mayores se atreven a responsabilizarla por esa enfermedad. A veces el dolor transforma a algunos humanos en cosas que no quieren ser. 
Pero a ellos se los podía llegar a comprender. A Domingo y Cecilia se les perdió la luz con ese hijo. Ni siquiera soportan ya escuchar cantar mientras se cosecha: mientras los campesinos entonan esas canciones -una para cada actividad, cada una con un ritmo diferente-, María los ve irse abrazados y, lejos de todos, llorar desconsoladamente.
El día de la muerte de Enrique nadie presta atención a los niños. El dolor atraviesa toda la casa, impregna las paredes y oscurece hasta las colinas circundantes. Estaba próxima la llegada de la primavera y había un almacigo de alelíes listo para transplantar. En silencio, sin que medie una orden, María encorva su cuerpito frágil y con la ayuda de las herramientas que se usan para la quinta, va haciendo pocitos alrededor del jardín que rodea la casa. Ella no entiende por qué, si nadie se lo pidió, está rodeando la casa de plantines de alelí.

Con  los años, María se transformaría en una mujer, y ningún hombre podría llegar a ella con un ramo de flores: las detestaria desde tiempos inmemoriales. Más que detestarlas, las flores cortadas le darian desde siempre una tristeza infinita, como si le recordaran la angustia de ver cómo se frustra una vida que recién empieza. Era su forma de rebelarse ante la prepotencia de la muerte.
María creció viendo la guerra y la pobreza bien de cerca, y nunca supo si esa pulsión por ver las flores vivas y brotando desde la tierra le venia de nacimiento o si nació ese dia lúgubre, mientras llenaba de alelíes el jardín de su casa para espantar la tristeza.

sábado, 16 de agosto de 2014

Ellos vuelven



A pesar del tajo
las palas,
el cartel,
el trolebús,
el humo,
la patada,
el malhumor del vecino,
el liquid paper,
la tormenta,
las siete mil cochinillas,
la arena abrasiva
y los ridículos zuecos
humillantes y apretados.

Después de esa muerte transitoria,
sin conciencia de su vida
ellos vuelven.

No es que sepan que en el mundo
cada día son menos.
Ni que están en la ciudad
de hollín y polvo y sordera
y hay que ponerle el hombro.

Quizá lo sospechen apenas.

No lo hacen por los chicos.
Apenas saben de sus propias semillas.
Por las dudas,
solamente,
ellos vuelven.

Explorando abajo
con avidez de lactante
aspirando arriba
sin poder toser.
Lllevando apenas la cuenta
del frío y de la luz del sol.

Se duermen como los abuelos,
como una cáscara sin vida
pero vuelven un día
llenando de verde
las casas que no entienden.

No saben de sus pares
y no se sienten solos.
No necesitan terapia
Ni alegría de vivir.
Ellos brotan,
Viven,
Vuelven.



Foto:
Ciruelo de Flor en flor,
Mitre al 900, 15 de Agosto de 2014. 

sábado, 19 de julio de 2014

Eterno

Hace casi diez años que escribí este texto. La destinataria (en realidad, el destinatario era yo, pero los sentimientos por una mujer lo inspiró) es la misma de un texto anterior, Arena. Ayer fue un día en el que el tema La casa de al lado, de Fernando Cabrera, sonó en mi cabeza todo el día. Traté de recordar la letra; en un rato libre la toqué en la guitarra. Después, el día abrumador pasó por encima estas cuestiones. Compartí la noche con amigos, volví y a las 3 am se me ocurrió abrir el blog: tenía ganas de publicar algo viejo. Sin pensar, elegí "Eterno" y la subí, con algunos viejos errores de sintaxis que ahora me puse a enmendar. No había entendido todavía que todo estaba relacionado y que, aunque creada en quién sabe qué barrio montevideano, la canción de Cabrera era la forma musical de este escrito. Escúchese, entonces, para esta lectura, la voz desgarrada del maravilloso montevideano.
Rosario, 20 de Julio de 2014.



Eterno
Creo que esta última vez nos asomamos al abismo. Como cuando se alcanza ese punto de la meditación, cuando la conciencia está por desentenderse del cuerpo y se resiste a traspasar el umbral. O como cuando descubrís la altura: este viernes los dos nos asomamos al acantilado sin barandas, a ese borde en el que hay un mundo verde y azul, y brisa, y sonidos bellos, adelante y abajo, y otro marrón y gris atrás.
Fue una maravilla y un susto. Por un lado, me atravesó el placer enorme de haber considerado seriamente la posibilidad de tirarme con vos. De la mano. Y, al mismo tiempo, fue un susto terrible. No de arriesgar la vida, la vida se embellece en esa caída maravillosa. No de golpearse con el fondo del abismo, no. Ese miedo viene por otra razón. Y lo curioso es que pude develar de qué se trataba al mismo tiempo que desentrañaba el significado de aquel sueño de la infancia.
En mis primeros años de vida, rodeado de la inmensidad agrícola del sur de Santa Fe, sin plazas cercanas por las cuestiones de la distancia -ni peloteros por las del tiempo- tenía mi lugar de juegos preferido, que me atraía más que el taller lleno de artefactos apasionantes, más aún que aquellos eucaliptos colosales que alguna vez me explicaron el viento: amaba jugar en la máquina cosechadora. Tenía un tobogán perfecto, que era el plano inclinado por donde se arrojaban al campo las bolsas de cereal que se llenaban en boquillas ubicadas al lado de la tolva de almacenaje. Yo me trepaba por la escalera vertical, o directamente repechaba el tobogán para disfrutar de esa chapa de acero pulido (¿cuántos miles de bolsas tuvieron que pasar para que brillara así? ¿Cuántas manos cosieron allí arriba esas bolsas con el hilo amarillo y esas pavorosas agujas oxidadas? ¿Cuánto sudor cayó en esa plataforma insolada de verano, cuando una pequeña disminución de la temperatura significaba un grano más húmedo y la suspensión de la cosecha?). Creo que conocí el sabor del acero y su olor oscuro jugando ahí, con cinco o seis años, en la cosechadora de papá, en la Gema verde, en su tobogán reluciente, pulido por los brazos de mi gente. Y fue justamente por mis juegos en ese lugar que conocí el vértigo. Sin descubrirlo realmente, sin tener que vérmelas cara a cara con él, se cargaba en mi aprendizaje sensorial para manifestarse con todo su poder durante la noche, en los sueños. Yo estaba ahí, arriba de la cosechadora, y no me deslizaba por el tobogán. Me subía al borde de la plataforma de embolse y desde ahí, a poco más de dos metros del suelo, la altura más aterradora que podía concebir, en el punto más alto que me era permitido alcanzar con la venia de los mayores, me lanzaba al vacío. Pero nunca soñé un golpe al final, después de caer por ese trayecto de 2 o 3 veces mi altura. Solo sentía un hormigueo en todo el cuerpo y salía caminando tranquilamente por la tierra pétrea del camino, o me iba por la gramilla que hacía picar. Era una forma de eludir el miedo: esa pulsión irresistible, ese deseo de caer que al reprimirse genera el vértigo, no aparecía de día, no me tentaba mientras duraban las luces: me asaltaba de noche.
Sueño a sueño, las caídas se fueron haciendo más exóticas, más rebuscadas, más perfectas. Me habré tirado de la cosechadora en innumerables sueños, más de los que recuerdo, y a medida que crecía iban apareciendo nuevos lugares, más altos, siempre más altos, y al mismo tiempo, iban siendo cada vez menos frecuentes. Igual, la caída seguía terminando en un hormigueo generalizado; y luego de esa fenomenal descarga de adrenalina salía caminando feliz por el campo.
Hubo un día en que el adolescente nuevo se arrojó de un acantilado conocido y bellísimo de la costa marplatense, generando así una magnífica e inédita caída, memorada para siempre como la más hermosa. Y hubo otro día, el fatal, el final, en que el muchachito no se animó a saltar. Domesticado, taciturno, demasiado atado ya a las cosas de este mundo, desconfió por primera vez de su imbatible habilidad para resistir la caída y no pudo hacerlo. Los sueños escasearon. Solo una vez más lo pude hacer, ya siendo militante universitario. Fue tan esperado, tan ansiado ese sueño, que a veces pienso que lo soñé a la fuerza. Ensayé desde un peñasco de baja altura –quizá tres o cuatro metros- más que una caída al vacío, un programado, exacto y sumamente racional planeo sobre la arena, aterrizando, lo aseguro, sin adrenalina. Desperté feliz por haber vencido al mito. Nunca más soñé con caídas.
Y ahora acá, con tu imagen delante de mí, yo ya sé que me puedo tirar con vos sin miedo. Que es una caída en picada, bella, veloz, vertiginosa y mágica.
Y mientras disfruto de la posibilidad de dejarme atraer por el vacío tomado de tu mano, me doy cuenta de las dos cosas al mismo tiempo: entiendo que el miedo no es a lo que puede pasar al final de la caída sino a la imposibilidad de volver atrás. Es el miedo trágico a trasponer un borde a partir del cual no es posible deshacer nada, un límite en el que dejamos de ser caminadores que pueden deshacer sus pasos para ser voladores sin alas, piedras al vacío, cosas con una sola trayectoria posible. Simples objetos en manos del tiempo.
Y, simultáneamente, y por eso mismo, comprendo que dejé de soñar con caídas en el momento en que mi vida, literalmente, empezaba a tener sentido, como lo tiene un vector, como lo tiene la flecha. Es decir, a partir del momento en que el tiempo comenzó a ser unidireccional, unívoco, cuando dejé de ser niño, de ser eterno.

M.T.
Abril 2005


miércoles, 9 de julio de 2014

Hermano que parte

Pertenecemos al mismo mundo,
al mismo aire.

Nacimos desprotegidos
pero con amor.

Nuestro corazón bombea
sangre y sentimientos
y muchas veces no sabemos
por qué hacemos algunas cosas.

A veces sólo tratamos de vivir,
a veces sólo buscamos cariño.

Nos conmueven algunos aromas 
de cuando éramos chicos, 
nos gusta el calor del sol
y el agua fresca.

Nacimos de la misma madre:
la misteriosa, inequívoca,
espléndida, circular 
y reinventada vida.

Y sin embargo al final 
de este viaje tuyo veo
que no fueron tan iguales
nuestras vidas: vos

fuiste mi maestro.
Aprendí a amar más y mejor
abrazándote y sintiendo
tu peso leve dormir
sobre mis piernas.

domingo, 6 de julio de 2014

Resolverse

Se levantó como una imagen borrosa y desafinada. Más que levantarse, se disolvió. En un solo movimiento abandonó las sábanas, dejando donde había estado un laberinto de tela, y se hizo parte del mismo aire oscuro y pesado de la habitación. Comenzó a transitarlo ocupando sucesivamente una porción del mismo tras otra. Se fue así transfugando por el corto trayecto que mediaba entre la cama y el baño. La luz blanca del lugar le devolvió la conciencia, y orinó. En cada segundo en que lo hacía, sentía que su cuerpo iba recobrando forma, reincorporándose a la materia y al mundo de los vivos. Al terminar ya era toda una persona, y los sueños del amanecer habían desaparecido.

sábado, 21 de junio de 2014

Arena

Ahora la quiero. La necesito para jugar, para construir… ¡Tanto se puede inventar con ella! Crear castillos frágiles o dragones que no quemen y vivan mirando el mar, transformarla en una escultura por un rato. Horadar en ella pozos que nunca se llenan y jamás se vacían y beber, beber en ellos el agua ardorosa que creó al ser humano.
Pero también puedo ser con ella ingeniero. Y construir, construir sobre su firmeza atómica, su cohesión indestructible. Ella está en estas paredes, en esos rascacielos. Puedo edificar con ella. Puedo jugar con ella.
Quiero arena.
……………..
Si pudiera, le gritaría al mundo que la tengo.
Yo lo creo a medias y sin embargo está ahí, es una fiesta: Cierro los ojos y la toco, abro los ojos y la veo.
Es blanda, tanto que no creo golpearme si caigo en ella. Se ahueca, me recibe, y no es como antes, no hay dolor. Y la toco de nuevo. Al pasar por ella –para mí sigue siendo maravilloso o milagroso comprobarlo- mis manos dejan, sí, le dejan marcas. Huellas mansas en su suavidad, impresiones dulces.
Me aparto y veo, como siempre, esa luz de sílice, ese brillo lunar hecho de sus millones de pequeñas partes que me miran, o que reflejan mi mirada. La veo besando el mar… ¿cómo no delirar de alegría?
Tengo arena.
……………..
Ahora sucede que vuela.
El viento, el amigo de la gente, el que hace dar vuelta los molinos y los gallos de las veletas, el viento. Siempre sin que se lo espere.
El tiempo, el viento que horada la piedra y hace torcer los pinos como si fueran la mujer de Lot, la hace volar. Acá encontré unos granos, los vuelvo a poner en su lugar, pero ya no es lo mismo. Su cara, que me miraba con tantas facetas, se desarma, se disuelve en el vórtice ciclónico que la lleva lejos.
Pero no me rindo, y busco un reparo, trabajosamente la transporto, acá el viento no entra, estamos solos ella y yo, nada la desgrana. Y cuando quiero poseerla se disuelve entre mis dedos se escurre por mi piel se hace polvo se vuelve eso que es igual a tanto.
Es arena.
……………..
Y yo, que era tierno y fresco como un brote, como un datilero recostado sobre su integridad, hundiendo sus raíces en ella, explorando hasta beber su humedad profunda y salvadora. Yo, que tuve el sabor de su esencia, que me hizo sentir sólido, soy cada vez menos yo. Ahora me voy agrietando como esas paredes viejas, me voy desarmando de a poco, de a granos, junto al viento que sopla y llena mi boca de toda ella, que ya no es un elixir: Ahora quema, astringe y seca mi garganta, y me lastima la piel.
Y mis ojos, que supieron mirar sin temor la inmensidad de esa superficie, están golpeados y ásperos, tanto que no pueden cerrarse, y ya no me es permitido soñar. Estoy obligado a ver como me desarmo, como me pierdo.
Yo, que en su oasis fui un hombre, ahora
Soy arena.

M. T.
3-08-05









domingo, 15 de junio de 2014

Crecer sin vos

No era tan fácil transitar el mundo
como antes creía ese pequeño,
ni alcanzaba poner todo el empeño
si quería además arar profundo.

Lo simple se revela en un segundo
como siempre sucede, fue tu ejemplo.
Andar solo es comienzo de algo nuevo
hoy no estás y me siento más fecundo.

Ahora puedo ya enfrentar el afuera:
yo me pongo tu campera gigante,
cual si fuera tu mano chacarera,

y voy llevando tus palabras de antes.
Que no siempre hace falta una quimera
para llevar los sueños adelante.

sábado, 7 de junio de 2014

Cadena de agua

Lejos.
Está lejos el final
de este cordel
tenso,
prendido su extremo
en el esternón.
No verlo,
no tocarlo,
equivale 
a un hueco.
Mirás al río, lo seguís
hasta el mar: 
quizás el agua
pueda hacer la magia.
Encadenarse,
remontar abismos,
evitar costas
y llevar tu palabra
contracorriente,
al otro río.
Tomar una forma, 
un modo de salpicar,
un reflejo de plata
fugaz,
un temblor
que la diga.
No hace falta
traducción
ni tampoco aviso:
ella va a estar
esperándola
con su hueco, 
su cordón,
en la orilla, 
cerca.

domingo, 25 de mayo de 2014

Partir el agua

Butterfly, Vladimir Kush

Deberías volar
rápido, 
antes que el tiempo
y que las cuentas
las torpes luces
los desarrapados de la madrugada
la tentadora perspectiva
de tranquilidad
el envidoso aire
que se abre 
a tu desliz
mojen
herrumbren
disuelvan
ataquen
los cálamos
de tus extremidades.

Deberías partir
el agua y partir
y proceder sin piedad
con guías
y calabrotes,
sin que pese Lot
y sin pensar en oquedades
inevitables
y arteras
porque tu mundo
no es este mundo.
Nadie cree 
en algo que  
parece ser un velo
o un vuelo.
Nadie te va a esquivar
porque nadie te va a ver.

Sólo al pasar te pido
que si ves a alguien
que crea
y crea
no te apures.

M.T.
Marzo de 2005

sábado, 24 de mayo de 2014

La tristeza como crustáceo

La tristeza es un pequeño cáncer, un cangrejo.
Un pequeño cangrejo inmortal y universal. O global, porque solo sabemos de este mundo.
Un crustáceo con pinzas afiladas que corta las entrañas y además anda de lado, nunca hacia adelante.
Tampoco huye para artás, no sabe. No puede. No se va, se guarda en un costado y aguarda, dispuesto a corroer, con sus filos eternos, nuevas o viejas tripas. Cortar, agujerear, dejar marcas.
Cuando no actúa, espera.
A veces lo llevás encima, en un pequeño sector vacío situado entre la última costilla y el hueso de la cadera. A veces no se aloja en el cuerpo y te sigue, a distancia prudente, como una nube, o disfrazado de un pequeño pájaro negro, a los saltitos, sin perderte de vista.
Y nosotros hacemos, deshacemos y andamos, tratando de olvidarlo, fingiendo que no nos ve, y a veces nos olvidamos de verdad, y en un momento revive en nuestro costado, o salta sobre nosotros con sus pinzas vueltas a afilar o nos llueve con un agua gris y pegajosa o se posa en nuestra boca y picotea el costado central de nuestros ojos para sacar lágrimas, agua salada que no sacia su sed pero que igual bebe feliz.  
En viaje, 2008





sábado, 17 de mayo de 2014

La vida se pinta con los dedos de la mano

Vas girando
en un mundo tan enorme y tan azul
que no te deja ver 
cuántos hay alrededor
girando y preguntando como vos.

Demasiadas
son las cosas que te abruman al pensar
buscás una razón,
la más fácil solución,
respuestas que te dejen donde estás.

Si pudieras escuchar al corazón,
o quizás a la cabeza cuando juega a tu favor, 
eligiendo la verdad
sobre la comodidad,
jugándola de frente contra la mediocridad!

Un grito poderoso, lleno de pasión
cambiaría tu destino y el de tantos como vos:
¡No llegamos hasta acá para ver cómo se van
las oportunidades de cambiar la realidad!

Jugar esta partida,
apostando nuestra vida,
para que el futuro venga 
no hay que esperar!


Canción final de "Cómoda Mente", La Cotorra 2012
https://www.youtube.com/watch?v=p3tu6J3sIbI

lunes, 12 de mayo de 2014

Como la lluvia



Vendrás con la lluvia 
como nube sólida, transparente.
Acompasando las gotas con tu cuerpo
desviando la luz,
brillante como el cielo eléctrico.


Vendrás suave y persistente,
mágica y cotidiana como el agua
y alborotada,
cuando caigas de lo alto a mis manos.


Y yo, campesino de secano,
siempre mirando al cielo,
sigo esperándote cada noche,
con un hueco en el costado,
con la madera rugosa
de soledad y seca.

MT, mediados de 2005.

domingo, 11 de mayo de 2014

Armadura y flor



Batalladora y sensible
tiene que ser
la mujer que quiera
ponerse en tus zapatos.
Atravesar las fortunas
y asperezas de ser madre
y de ser hija.
Y todo el tiempo,
mientras todo sucede,
construir, construir.

Saber batallar
no es cosa de soldados:
es de mujeres.
Hombres y autos,
prejuicios,
la brutalidad de la calle,
los que partirías en pedazos
porque se metieron con tus hijos,
la injusticia cotidiana,
la posibilidad de cambiar las cosas
haciendo ajustes
con herramientas
demasiado grandes,
demasiado toscas.
Y todo el tiempo,
mientras hacés todo,
crecer, crecer.

Sensible no es quien llora:
es quien construye al mundo
a pesar de que a veces
quisiera un poco
que todo vuele en pedazos.
Confiar en la palabra
y llevarla consigo
como una pócima mágica
la palabra que cura
la que cambia
la que hace llover
la que trae mejoras
pequeñas, pequeñísimas
pero que son todo para algunos.
Y todo el tiempo,
mientras curás todo,

amar, amar.

(En el cumpleaños de mi amiga Melani, batalladora y sensible)