sábado, 19 de julio de 2014

Eterno

Hace casi diez años que escribí este texto. La destinataria (en realidad, el destinatario era yo, pero los sentimientos por una mujer lo inspiró) es la misma de un texto anterior, Arena. Ayer fue un día en el que el tema La casa de al lado, de Fernando Cabrera, sonó en mi cabeza todo el día. Traté de recordar la letra; en un rato libre la toqué en la guitarra. Después, el día abrumador pasó por encima estas cuestiones. Compartí la noche con amigos, volví y a las 3 am se me ocurrió abrir el blog: tenía ganas de publicar algo viejo. Sin pensar, elegí "Eterno" y la subí, con algunos viejos errores de sintaxis que ahora me puse a enmendar. No había entendido todavía que todo estaba relacionado y que, aunque creada en quién sabe qué barrio montevideano, la canción de Cabrera era la forma musical de este escrito. Escúchese, entonces, para esta lectura, la voz desgarrada del maravilloso montevideano.
Rosario, 20 de Julio de 2014.



Eterno
Creo que esta última vez nos asomamos al abismo. Como cuando se alcanza ese punto de la meditación, cuando la conciencia está por desentenderse del cuerpo y se resiste a traspasar el umbral. O como cuando descubrís la altura: este viernes los dos nos asomamos al acantilado sin barandas, a ese borde en el que hay un mundo verde y azul, y brisa, y sonidos bellos, adelante y abajo, y otro marrón y gris atrás.
Fue una maravilla y un susto. Por un lado, me atravesó el placer enorme de haber considerado seriamente la posibilidad de tirarme con vos. De la mano. Y, al mismo tiempo, fue un susto terrible. No de arriesgar la vida, la vida se embellece en esa caída maravillosa. No de golpearse con el fondo del abismo, no. Ese miedo viene por otra razón. Y lo curioso es que pude develar de qué se trataba al mismo tiempo que desentrañaba el significado de aquel sueño de la infancia.
En mis primeros años de vida, rodeado de la inmensidad agrícola del sur de Santa Fe, sin plazas cercanas por las cuestiones de la distancia -ni peloteros por las del tiempo- tenía mi lugar de juegos preferido, que me atraía más que el taller lleno de artefactos apasionantes, más aún que aquellos eucaliptos colosales que alguna vez me explicaron el viento: amaba jugar en la máquina cosechadora. Tenía un tobogán perfecto, que era el plano inclinado por donde se arrojaban al campo las bolsas de cereal que se llenaban en boquillas ubicadas al lado de la tolva de almacenaje. Yo me trepaba por la escalera vertical, o directamente repechaba el tobogán para disfrutar de esa chapa de acero pulido (¿cuántos miles de bolsas tuvieron que pasar para que brillara así? ¿Cuántas manos cosieron allí arriba esas bolsas con el hilo amarillo y esas pavorosas agujas oxidadas? ¿Cuánto sudor cayó en esa plataforma insolada de verano, cuando una pequeña disminución de la temperatura significaba un grano más húmedo y la suspensión de la cosecha?). Creo que conocí el sabor del acero y su olor oscuro jugando ahí, con cinco o seis años, en la cosechadora de papá, en la Gema verde, en su tobogán reluciente, pulido por los brazos de mi gente. Y fue justamente por mis juegos en ese lugar que conocí el vértigo. Sin descubrirlo realmente, sin tener que vérmelas cara a cara con él, se cargaba en mi aprendizaje sensorial para manifestarse con todo su poder durante la noche, en los sueños. Yo estaba ahí, arriba de la cosechadora, y no me deslizaba por el tobogán. Me subía al borde de la plataforma de embolse y desde ahí, a poco más de dos metros del suelo, la altura más aterradora que podía concebir, en el punto más alto que me era permitido alcanzar con la venia de los mayores, me lanzaba al vacío. Pero nunca soñé un golpe al final, después de caer por ese trayecto de 2 o 3 veces mi altura. Solo sentía un hormigueo en todo el cuerpo y salía caminando tranquilamente por la tierra pétrea del camino, o me iba por la gramilla que hacía picar. Era una forma de eludir el miedo: esa pulsión irresistible, ese deseo de caer que al reprimirse genera el vértigo, no aparecía de día, no me tentaba mientras duraban las luces: me asaltaba de noche.
Sueño a sueño, las caídas se fueron haciendo más exóticas, más rebuscadas, más perfectas. Me habré tirado de la cosechadora en innumerables sueños, más de los que recuerdo, y a medida que crecía iban apareciendo nuevos lugares, más altos, siempre más altos, y al mismo tiempo, iban siendo cada vez menos frecuentes. Igual, la caída seguía terminando en un hormigueo generalizado; y luego de esa fenomenal descarga de adrenalina salía caminando feliz por el campo.
Hubo un día en que el adolescente nuevo se arrojó de un acantilado conocido y bellísimo de la costa marplatense, generando así una magnífica e inédita caída, memorada para siempre como la más hermosa. Y hubo otro día, el fatal, el final, en que el muchachito no se animó a saltar. Domesticado, taciturno, demasiado atado ya a las cosas de este mundo, desconfió por primera vez de su imbatible habilidad para resistir la caída y no pudo hacerlo. Los sueños escasearon. Solo una vez más lo pude hacer, ya siendo militante universitario. Fue tan esperado, tan ansiado ese sueño, que a veces pienso que lo soñé a la fuerza. Ensayé desde un peñasco de baja altura –quizá tres o cuatro metros- más que una caída al vacío, un programado, exacto y sumamente racional planeo sobre la arena, aterrizando, lo aseguro, sin adrenalina. Desperté feliz por haber vencido al mito. Nunca más soñé con caídas.
Y ahora acá, con tu imagen delante de mí, yo ya sé que me puedo tirar con vos sin miedo. Que es una caída en picada, bella, veloz, vertiginosa y mágica.
Y mientras disfruto de la posibilidad de dejarme atraer por el vacío tomado de tu mano, me doy cuenta de las dos cosas al mismo tiempo: entiendo que el miedo no es a lo que puede pasar al final de la caída sino a la imposibilidad de volver atrás. Es el miedo trágico a trasponer un borde a partir del cual no es posible deshacer nada, un límite en el que dejamos de ser caminadores que pueden deshacer sus pasos para ser voladores sin alas, piedras al vacío, cosas con una sola trayectoria posible. Simples objetos en manos del tiempo.
Y, simultáneamente, y por eso mismo, comprendo que dejé de soñar con caídas en el momento en que mi vida, literalmente, empezaba a tener sentido, como lo tiene un vector, como lo tiene la flecha. Es decir, a partir del momento en que el tiempo comenzó a ser unidireccional, unívoco, cuando dejé de ser niño, de ser eterno.

M.T.
Abril 2005


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