domingo, 30 de noviembre de 2014

La guerra y la patria


Mis dos nonnos. El de la derecha, Giuseppe, el 17 de agosto habría cumplido 104 años. Cultivó la tierra en los años mansos de entreguerras y formó su familia. Después fue reclutado por Italia para combatir por el Eje a comienzos de los '40 y fue prisionero de los nazis cuando su país firmó el armisticio. Hizo trabajos forzados en fábricas alemanas y llegó a pesar menos de 40 kg. Él, con su contextura robusta y su vozarrón, se había vuelto un saco de huesos.
A la vuelta de la pesadilla alzó a su mujer y sus tres hijos y se vino a la Argentina, a buscar entre los eucaliptos que plantó por miles en la Estancia El Hinojo de Torres, entre los frutales que supo hacer florecer bien pronto, entre las verduras de su quinta, aquella mansedumbre de los años jóvenes. Su única lucha fue contra yuyos y bichos y para su fortuna fue una guerra sin estampidos. Todavía lo veo armado con su mochila como un combatiente silencioso.
Perdió la paz de las colinas de Abruzzo para siempre pero se llenó del horizonte interminable de la pampa y con el tiempo tuvo una mesa larga en navidad, larga y llena de nietos y bisnietos.

El 15 de noviembre es el cumpleaños de mi amado nonno Domingo, el de la izquierda.
Había nacido después de la primera década del siglo XX. Cómo quisiera haber estado ahí, viviendo esa vida simple y dura de la campiña italiana cuando todo parecía haber sido recién creado. Creció con la sombra de la guerra en su memoria, espantándola con la tierra y la azada: cuando los hombres se pelean, trabajar la tierra suele ser un buen antídoto. Así creció y se hizo hombre, y conoció a Cecilia, que no por casualidad llevaría ese nombre: su voz al cantar era maravillosa, y él sabía que a veces, por las noches, se iba con las hadas a hacer rondas y cantar bajo los árboles y la luna.
Con 25 años apenas fue padre. La niña fue llamada María, e iba a tener la voz bella de mi abuela y la vida atravesada por la tragedia de amar en tiempos de guerra.
El destino, que le habló de fusiles desde niño, lo llevó a tener un uniforme y armas en sus manos, y con la plenitud de la vida en sus venas se fue a Grecia a ocupar territorios a nombre del Duce. No la pasó bien, pero volvió cuantas veces pudo por el amor a esa familia que hacían crecer con su compañera, remando contra la miseria. En medio de las idas y vueltas al frente perdió un hijo pequeño y ya el sol no iba a volver a brillar como siempre.
La posguerra alumbró un nombre: Argentina, que sonaba a campos infinitos y paz. Primero marchó él sólo, para armar el nido donde podría seguir la vida buena de la que alguna vez le hablaron. Pero el revés inesperado de un cáncer en la garganta de Cecilia le arrebató la luz que le quedaba. Nunca volvió a ser el mismo. Maldijo el nuevo país, maldijo su patria: sin su mujer, no había tierra que él supiera propia. Volvió a Italia para nunca más pisar Argentina, que de algún modo le llevó lo que más amaba, y se reunió con sus tres hijas para afrontar el dolor y lo que viniera.
Pero Italia tenía el granero vacío, y expulsaba gente. Faltaba muy poco para el desarrollo y las fábricas, pero la miseria mordía las tripas y los ojos de sus hijas le hicieron ver el camino de nuevo y se animó a volver al país del trigo. En el puerto, la autoridad italiana que despedía a los emigrantes lo puso con su inmensa timidez como un ejemplo ante todos, sólo porque se iba del país. Se iba con tres hijas a buscar nuevos horizontes. 

Y claro que había horizonte en esa pampa interminable, en esta tierra sin colinas. Lo encontró, en el campo, en la quinta, llevando la verdura antes de aclarar a la ciudad, con sus hijas creciendo y casándose. Una nueva mujer, un hijo más que llenó sus días mansos de travesuras y discusiones. Y la vida en un país en el que volvió a justificar su existencia gracias a una familia ruidosa y alegre, pero ya sin patria. La patria, ese concepto debatido, teorizado y fugaz, para él era indiscutible y simple, y estaba enterrada en un frío cementerio de Abruzzo.

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