Quiero dejar esta crónica ahora que las circunstancias me han desbordado. Si este escrito llega a conocerse podré decir que mi objetivo se ha cumplido y a fin de cuentas estos pequeños seres no se habrán salido plenamente con la suya. Aparte.
Lo primero que atiné a hacer fue buscar información:
“Las hormigas faraón han llegado a ser conocidas en California como la plaga de
los argentinos. Llegaron sin pedir permiso y se adueñaron de todo. Lo mismo
pasa en su país de origen, donde la población se ha resignado…” Resignado. Yo
resignado. No, resignados estarán los demás, yo no. Como decía Joaquín V.
González: a mí no me ha derrotado nadie, señores. ¡Nadie! Llegué a esta casa
con la ilusión de un nuevo hogar. Creía que era mío con sólo pagarlo y no sabía
que estaba ocupado. La vida andante te demuestra que no hay nada que se pueda
comprar con dinero y que hace falta más que pagar para ser dueño de algo. Hay
que luchar y bueno, yo les presenté batalla, claro que sí. Estas pueden ser las
últimas palabras que dicte a mi computadora, pero van a ser demoledoras para sus
objetivos. Sigo leyendo: “…cuando la colonia no puede encontrar alimento
suficiente, emigra en forma de enjambre, para lo cual se preparan criando
individuos alados”. Aparte.
Como siguiendo una cuidadosa estrategia militar,
aparecieron varios meses después de mi mudanza. Precisamente en la pantalla de
la computadora, de a una, de vez en cuando. Yo creía que eran visitantes
pasajeras, no vigías. Que habían caído del techo, que había subido alguna al
escritorio. Cuando empezaron a invadir alimentos entendí que su plan iba en
serio. Me dejaron sin harina primero, luego sin azúcar. Las golosinas que
escondía para mis ataques de ansiedad habían desaparecido, dejando rastros
fantasmales de sus envoltorios. Comencé a probar diferentes formas de aislar la
mercadería: frascos cuya resistencia siempre vencían, dobles o triples bolsas plásticas
que perforaban, finalmente mis reservas fueron confluyendo en su totalidad en
la heladera, cuyo frío no soportaban. El artefacto se bamboleaba inestable por
el peso extra de tanta mercadería cargada en su interior. Con una insolencia que
iba en aumento a medida que se confiaban en sus logros aparecían al lado de las
hornallas aguantando calores insoportables hasta que al fin entraban en
combustión, se agrupaban en los platos recién lavados, se colaban en el inodoro
y en el punto máximo de su caradurez aparecieron en mi cama, decididas a
consumir mis humores nocturnos y la caspa de mi cuero cabelludo. Aparte.
Su falta de respeto rompió todos los límites la mañana
en la que las hallé entre las cerdas del cepillo de dientes, después de
cepillarme. Fue cuando dije basta y les declaré la guerra. Y fue sin cuartel: como
soy enemigo de los venenos las aplasté, las ahogué, con placer olímpico las
puse al fuego en las cacerolas que invadían y también las congelé, en un
despliegue de acciones que luego di en llamar “guerra en fase A”. Estudié sus reacciones,
y hete aquí que no se fueron: ante una agresión importante, a lo sumo cambiaban
de lugar el hormiguero. Algunas veces se ubicaron tras el calefón, apareciendo
por una grieta de la pared. Otras, bajo la puerta de entrada: un camino tupido
llegaba hasta la heladera. Aparte.
La heladera fue otro método. Amigos, si se creen
infalibles van a errar. Al comienzo disfruté viendo cómo se morían cuando las transportaba
en una costeleta invadida y las encerraba en el frío. Más tarde opté por
ingresarlas a propósito, por ejemplo en una sartén engrasada que había pasado
una noche sin lavar –miríadas deleitándose inmóviles— y las mataba intencionalmente
en el refrigerador. Luego pensé en la solución final: llevar toda la colonia a
la heladera. Abrí la puerta, dejé que se atemperara el gabinete y distribuí
algunos caramelos en su interior. En dos horas más de la mitad del hormiguero
estaba adentro. Entonces cerré la puerta y esperé, sin tentarme a abrir para
ver cómo morían. Solo esperé. Al día siguiente fui a celebrar mi triunfo. Lo
que encontré preanunció mis hallazgos científicos: había muchas muertas, quizá
la mitad de las que habían entrado, pero el resto vivía. Y no sólo eso: se habían
comido todos los alimentos que constituían mi reserva de jubilado en un tiempo
en que la inflación y las tarifas no te permiten comprar comida todas las
semanas. Me confié: mientras entraban unas pocas a la heladera, morían todas.
Cuando fueron millones se apelotonaron estratégicamente, usando su calor
corporal para protegerse. Las de afuera morían mientras que las del centro sólo
se aletargaban. Con el paso de las horas surgieron algunas pocas con una mayor
resistencia que invadieron los intersticios del artefacto, inutilizaron sus
mecanismos de enfriamiento y luego se dedicaron a reproducirse. Aparte.
Les regalé la heladera. Esperando que se concentren allí,
abandoné el comedor y la sala y comencé a recluirme en lugares de la casa en
los que circunstancialmente no estuvieran. La comida que comencé a consumir fue
sólo la que compraba diariamente, de manera que su calidad empezó a bajar, y al
final de la fase A de la guerra comencé a tener problemas de malnutrición. Me
iluminé una tarde, afortunadamente. Estaba acostado en la cama, leyendo muy
concentrado “El superorganismo” de Bert Hölldobler en Internet cuando una de
ellas apareció en el rincón inferior izquierdo de la pantalla y comenzó a
transitarla en diagonal. La tomé en un paroxismo de irritación y la mastiqué
con odio entre mis gastados incisivos. A la paz justiciera que sobrevino luego
de la tensión se sumó un sabor agradable y un estado mental confuso y
acelerado. ¡Era la solución! Si en lugar de ahuyentarlas o aplastarlas me las
como, ¡se terminaron las hormigas! Y así comenzó la fase B de lucha. Aparte.
Comencé a comer hormigas en forma artesanal,
tomándolas de a una o dos. Luego utilizaba el “método migas”: mojar la yema de
los dedos, adherir un grupo completo y llevármelo a la boca. Fue un tiempo de
descubrimiento de sus sabores y también de sus conductas: a veces detectaban la
muerte cercana y no aparecían por ningún lado. Lo más divertido era aspirarlas:
cuando había una hilera en la mesa, llevándose un resto de papa, por ejemplo, me
preparaba exhalando primero hasta la última gota de aire para luego poner la
boca como para decir “uuuuuhh” y aspiraba siguiendo la línea, como si fuera
cocaína pero con la boca. Cuando tenía fortuna, a veces masticaba un buen
bocado. A fin de cuentas, su sabor no era desagradable, muy por el contrario,
tenían un regusto a almendras o nueces; tampoco su consistencia era chocante,
más bien se sentían entre los dientes como si se masticara chía o semillas de
frutilla. Pero al aspirar era complicado que todas se queden en la boca, casi
siempre una atravesaba la glotis e impactaba directamente en mis alvéolos
pulmonares, generando un acceso de tos de consecuencias desastrosas: me hacía
perder todo el manjar, no las mataba y dejaba la mesa y las paredes cercanas
hechas un enchastre de bichos. Al final adopté métodos que podrían denominarse
industriales. La heladera fue por mucho tiempo uno de mis lugares favoritos
para el consumo masivo: en una tarde podía comer el equivalente a un plato y
medio de hormigas. Mi desnutrición crónica de tercera edad en tiempos de ajuste
cambió con tres meses seguidos de este alimento. Más que formidable,
formigable. Aparte.
Fueron los últimos días que salí de casa. Los
comentarios de las vecinas eran “Qué bien se lo ve, Alfonso, le sienta bien el
frío” o “Parece que estuviera tomando sol, Alfonso. ¡Qué color!”. Era evidente
que el ácido fórmico hacía el efecto previsto por la ciencia: depuraba mi
sangre mucho más rápido que cualquier hierba o medicamento. El rejuvenecimiento
fue tan rápido y evidente que tuve que aventar algunos rumores de
intervenciones plásticas que tenían epicentro en la panadería “La Bifernina”.
No obstante, comencé a salir menos por la vergüenza y la necesidad de
investigar lo que estaba pasando con mi cuerpo. Dos semanas después me recluí
definitivamente, luego del hallazgo que cambió mi perspectiva para siempre.
Aparte.
El ácido fórmico fue la pista. Atando cabos, encontré
que en el Amazonas las hormigas echan por día mil toneladas de esa sustancia al
aire. Demasiada cantidad para ser una acción natural. Había una inteligencia
superior en esta acción. Las hormigas no son simples seres sociables que llegan
a formar una colonia. Son algo más. Mientras lograba estos avances en mi
conocimiento científico del enemigo desataba la fase C de lucha contra la
Monomorium pharaonis: había creado una melaza a partir de restos de mandarina
machacados, miel y azúcar disuelta en jugo de naranjas podridas que las
enloquecía, y venían a mí sin necesidad de moverme. Comencé a recluirme en la
cama, con los libros y mi computadora, saliendo solamente para preparar la
melaza una vez a la semana y con la misma frecuencia ir al baño. En ese estado
de investigación intensiva di en la tecla: las hormigas no evolucionaron en la tierra.
Vienen del espacio exterior. En abril de 1997 los científicos pudieron
investigar a fondo al Cometa Hale—Bop, uno de los que pasó más cerca de la
tierra. Hicieron análisis de la cola del astro y los resultados fueron tan
increíbles como indiscutibles: en el cometa había cantidades impresionantes de
ácido fórmico. De allí comenzaron a investigar las nubes interestelares,
descubriendo que están plagadas de esta sustancia. Era evidente: las hormigas
siempre viajaron por el espacio, no se formaron en nuestro planeta. Son
extraterrestres, con todo lo siniestro que ese término conlleva. Seres con una
inteligencia superior que pueden imprimirle una dirección especial a los
cometas que los transportan para dirigirlos a los lugares que quieren
colonizar. Aparte.
El hallazgo me encontró un tanto aburguesado y con un
importante sobrepeso en mi lucha contra las hormigas. Inventé un método de
alimentación constante que aún ahora sigo utilizando: echado en la cama, trazo
un hilo de melaza desde la comisura de mis labios que recorre mi cara, el cuello,
el colchón y finalmente el piso a través de una pata de la cama para que
simplemente las hormigas vengan hacia mí sin necesidad de moverme. Cada cinco o
diez minutos la cantidad en la parte interior de mi mejilla es importante y las
trago, reiniciando el ciclo mientras le dicto a la computadora o leo. Una
inteligencia superior tiene que tener un fin, pero no llego a comprender el
fondo de la cuestión. Me siento eufórico: he olvidado dormir, apasionado como
estoy con el dictado, la lectura y la fase C/subfase de ingestión continua.
Además, en algún momento de la semana pasada se me cerró el ano. Abarte.
El hecho no me sorprendió demasiado después de dos
semanas sin ir al baño. Intenté levantarme aún sin deseos de defecar, pero mi
vientre estaba demasiado hinchado como para salir de la posición horizontal.
Entonces alcancé una toalla e intenté hacerlo acostado: no fue posible. Quise
introducir los dedos como para forzar la apertura del esfínter y dejar salir lo
que me inflamaba las tripas. No había esfínter, mi piel estaba lisa y sin
ninguna abertura, apenas una rugosidad delataba el lugar donde había estado
antes el orificio rectal. A fin de cuentas, pensé, si mi cuerpo no necesita
hacerlo que no lo haga. Creo que la comodidad de seguir acostado es más fuerte,
de modo que me dedico sólo a pensar y dictarle a la computadora mis
cavilaciones. Ya no siento odio contra ellas, ahora más que comerlas quiero
tenerlas adentro por el simple placer de hacerlo. Abarde, afarde.
***
Ha pasado mucho tiempo, pero no puedo precisarlo. De
alguna forma he perdido la medida habitual de los días y me sucede sentir adentro
que mis pensamientos muelan veloces y se interconectan con otros cientos, miles
y no sé si soy yo pensando o alguien está pensando por mí. En este momento las
hormigas entran en mi sin que las incite ni que las mastique vamos vamos. Hay un camino negro camino negro camino negro que ingresa a mi cuervo en
forma continua sin que tenga que tragarlas. Otro
más otro más. No me impiden hablar o respirar, aunque producen algún problema
de pronunciación cuando la boca se llena, adentro,
sin embargo las anotaciones siguen porque el software que utilizo corrige casi
todos los errores. Caliente. La fila
de hornigas se interrumpe cuando pronuncio consonantes oclusivas labiales y,
pacientemente, se reorganiza para entrar cuando vuelve a abrirse la oca. Lindo, caliente. Son muchas dentro de mi
garganta y mantienen mi cuello con una extraña rigidez. Adentro, adentro. No las veo, pero siento su pensamiento
claramente. Quieren estar adentro, madre,
madre, madre, dicen. Hay caminos nutridos que veo de reojo por la
habitación, desde varias direcciones, muchas tienen alas, rico, rico, pero no son como los habituales caminos de horniga de
un bosque. No vienen y van. Sólo vienen. Llegan de a millones, vamosvamosvamosvamos y mi vientre ocupa
ya el ancho de la cama y se eleva casi un metro por encima de mi pecho.
Cualquiera diría que va a estallar nos
vamos nos vamos. La piel está tersa y transparente y puedo verlas adentro. Otro más. No están muertas ni digeridas,
las siento caminar, copular y nacer adentro y las amo.
***
—Papá, ¿qué es eso negro que sale por el balcón del
edificio de enfrente?
—Se le debe haber quemado la comida a alguien, Toto.
Cerrá la ventana.
