Para los que hacen mapas, nada.
Para los que hacen guías telefónicas, paraje.
Para el extraño que corre por la 33 hacia la punta de la bota, una
sucesión de carteles que da paso a un grupo escueto de casas.
Un anexo sobre la ruta para los
afincados en Chovet, ese pueblo de apellido catalán y habitantes de ascendencia
croata que se puede encontrar camino al sur de campos fértiles y cañadas que se
suceden.
Simplemente Tamborini –a veces “Tamburini”-
para los jóvenes pueblerinos de jopo rebelde y piel curtida que recalaban los sábados,
alternando rigurosamente con Rabiola, para sus aventuras de muchachada
alborotadora de los bailes de la escuela; una costumbre casi eterna hasta que
llegaron los ochenta y su baldazo de globalidad preanunciada, y ya los jóvenes
miraban desde la ruta camino a otros boliches, otros alborotos.
Para mí, la catedral de mis recuerdos escolares, el lugar inmenso que
abrigaba la Escuela Nacional 317, con sus casuarinas y sus juegos, su galería
interminable que hoy recorro con unos pasos, el escenario del playón y luego galpón anexo que
servía para aquellos bailes y las veladas de fin de año.
Divisa de Mayo es portadora de un privilegio no verificado de poseer
el último boliche de campo de la pampa húmeda. Un almacén de ramos generales y
expendio de bebidas que pareciera haber visitado Borges para escribir el cuento
El Sur. Es interesante contar lo que le pasa a mi cabeza al leer ese cuento.
Posiblemente porque el universo de la infancia, lo que nuestros ojos absorbieron,
descomunales, como primeras impresiones en la mente deshabitada, es el marco
del cuadro que pintamos todos los días.
El protagonista, desconociendo la mala fortuna que su despiadado
destino le está reservando, agradece la circunstancia que lo hace recalar en un
solitario boliche de campo. Ya desde afuera puedo ver, al vislumbrar los
caballos atados en medio del desvanecimiento del crepúsculo, a la sombra de
esos sauces que todavía están, que ese lugar al que llegó es Tamborini. No hay
lugar a dudas: el palenque, a veces un vehículo de la época en el frente, el
interior iluminado por el farol a querosén, las mesitas en donde parroquianos
eternos juegan su partida de truco, el vidrio grueso de los vasos, la
mercadería contra la pared detrás del mostrador. Es el almacén donde mi viejo
me llevaba algunos sábados a la mañana. Y por eso mismo libro una batalla
interna hasta el final del cuento, porque para llegar a Divisa de Mayo, el
protagonista debería emprender el camino al Norte, que no es, según la
esencia del relato, ese mundo más firme, donde aún existe el verdadero gaucho. Para encontrarlo debería cruzar la Avenida Rivadavia de su arquetípica
Capital y pisar el Sur.
Quizás todo sea más simple de lo que parece y la contradicción se resuelva muy simplemente: Quizás Borges tenga razón y este norte no sea el mundo del gaucho. Basta con mirar alrededor y comprobar esta es la patria gringa. Y que lo que se ve desde la ruta, la fachada esquinera de este boliche es solo una ilusión creada por unos pocos románticos que se niegan, desde comienzos del siglo XX, a entender que todo se mezcla y no para mal. Pero en mi intimidad no quiero quitarle entidad a esta burbuja de tiempo que se mantiene aún entre el ruido de los camiones. Porque aún está allí, descripta magistralmente por este cultor de la esencia del gaucho: el almacén en donde me sumerjo para seguir al atribulado personaje es el almacén de Tamborini. O a lo mejor es al revés: Cuando visito Divisa de Mayo, voy al Sur, al universo de Borges.
Quizás todo sea más simple de lo que parece y la contradicción se resuelva muy simplemente: Quizás Borges tenga razón y este norte no sea el mundo del gaucho. Basta con mirar alrededor y comprobar esta es la patria gringa. Y que lo que se ve desde la ruta, la fachada esquinera de este boliche es solo una ilusión creada por unos pocos románticos que se niegan, desde comienzos del siglo XX, a entender que todo se mezcla y no para mal. Pero en mi intimidad no quiero quitarle entidad a esta burbuja de tiempo que se mantiene aún entre el ruido de los camiones. Porque aún está allí, descripta magistralmente por este cultor de la esencia del gaucho: el almacén en donde me sumerjo para seguir al atribulado personaje es el almacén de Tamborini. O a lo mejor es al revés: Cuando visito Divisa de Mayo, voy al Sur, al universo de Borges.