martes, 8 de septiembre de 2015

El Sur, pero en la Pampa gringa: Villa Divisa de Mayo

Para los que hacen mapas, nada.
Para los que hacen guías telefónicas, paraje.
Para el extraño que corre por la 33 hacia la punta de la bota, una sucesión de carteles que da paso a un grupo escueto de casas.
Un anexo sobre la ruta para los afincados en Chovet, ese pueblo de apellido catalán y habitantes de ascendencia croata que se puede encontrar camino al sur de campos fértiles y cañadas que se suceden.
Simplemente Tamborini –a veces “Tamburini”- para los jóvenes pueblerinos de jopo rebelde y piel curtida que recalaban los sábados, alternando rigurosamente con Rabiola, para sus aventuras de muchachada alborotadora de los bailes de la escuela; una costumbre casi eterna hasta que llegaron los ochenta y su baldazo de globalidad preanunciada, y ya los jóvenes miraban desde la ruta camino a otros boliches, otros alborotos.
Para mí, la catedral de mis recuerdos escolares, el lugar inmenso que abrigaba la Escuela Nacional 317, con sus casuarinas y sus juegos, su galería interminable que hoy recorro con unos pasos, el escenario del playón y luego galpón anexo que servía para aquellos bailes y las veladas de fin de año.
Divisa de Mayo es portadora de un privilegio no verificado de poseer el último boliche de campo de la pampa húmeda. Un almacén de ramos generales y expendio de bebidas que pareciera haber visitado Borges para escribir el cuento El Sur. Es interesante contar lo que le pasa a mi cabeza al leer ese cuento. Posiblemente porque el universo de la infancia, lo que nuestros ojos absorbieron, descomunales, como primeras impresiones en la mente deshabitada, es el marco del cuadro que pintamos todos los días.
El protagonista, desconociendo la mala fortuna que su despiadado destino le está reservando, agradece la circunstancia que lo hace recalar en un solitario boliche de campo. Ya desde afuera puedo ver, al vislumbrar los caballos atados en medio del desvanecimiento del crepúsculo, a la sombra de esos sauces que todavía están, que ese lugar al que llegó es Tamborini. No hay lugar a dudas: el palenque, a veces un vehículo de la época en el frente, el interior iluminado por el farol a querosén, las mesitas en donde parroquianos eternos juegan su partida de truco, el vidrio grueso de los vasos, la mercadería contra la pared detrás del mostrador. Es el almacén donde mi viejo me llevaba algunos sábados a la mañana. Y por eso mismo libro una batalla interna hasta el final del cuento, porque para llegar a Divisa de Mayo, el protagonista debería emprender el camino al Norte, que no es, según la esencia del relato, ese mundo más firme, donde aún existe el verdadero gaucho. Para encontrarlo debería cruzar la Avenida Rivadavia de su arquetípica Capital y pisar el Sur. 
Quizás todo sea más simple de lo que parece y la contradicción se resuelva muy simplemente: Quizás Borges tenga razón y este norte no sea el mundo del gaucho. Basta con mirar alrededor y comprobar esta es la patria gringa. Y que lo que se ve desde la ruta, la fachada esquinera de este boliche es solo una ilusión creada por unos pocos románticos que se niegan, desde comienzos del siglo XX, a entender que todo se mezcla y no para mal. Pero en mi intimidad no quiero quitarle entidad a esta burbuja de tiempo que se mantiene aún entre el ruido de los camiones. Porque aún está allí, descripta magistralmente por este cultor de la esencia del gaucho: el almacén en donde me sumerjo para seguir al atribulado personaje es el almacén de Tamborini. O a lo mejor es al revés: Cuando visito Divisa de Mayo, voy al Sur, al universo de Borges.

Piloto de avión

Piloto de avión
Aferrando
la doble curva
del comando.
Mis manos acarician
y empuñan,
y la nave inmensa y alucinante
se mueve majestuosa y ondula
con una leve presión o un giro.

Maquinaria compleja,
creación maravillosa,
puede subir
a diez mil metros
o desarmarse en mis manos.
Temperatura, luz, velocidad
al apretar un botón.
Raras veces carretea,
vuela como su sino.

Creo que la hicieron en el aire.
Más arriba de los cirros,
le colocaron las alas.
Me encontré con ella en el cielo,
entre corrientes ascendentes
y nubes tenues.
Yo ensayaba manotazos para flotar
y sin esperarlo entré en ella.
Y aunque muchas veces vuela sola,
tengo ahora un oficio.

Piloto de avión,
aferrado
a la doble curva
del comando.
Aprendiendo urgente
los instrumentos,
leyendo, leyéndola.
Manteniendo desesperado
la nariz alta
y la velocidad de los motores.
Aterrizando y despegando
con cuidado. La vida
de esta creación maravillosa
está en mis manos.

Por amor, la cuido,
y por instinto de supervivencia,
porque desde aquella vez
entre las nubes tenues,
mi propia vida

va adentro de ella.


Rosario, 
1/8/09
Despedida.

La luz de tu mirada

Cuando te alcancé a ver estaba en lo oscuro
Atravesando el limbo de ya no ser
Necesitaba luz y estaba apagada
Ni siquiera la luna podía ver


Noches de tristeza suave
Cantos para renacer
La voz me ayudó a llamarte
Y entre los dos hicimos amanecer


Si vos cantás conmigo Febrero llega
Y el carnaval se instala en el corazón
La luz de tu mirada me guía el vuelo
Y parece que todo comienza hoy


Cuando se rompe nuestro traje
Un traje más hermoso se deja ver
Ése es nuestro destino de mariposa, cambiando siempre,
Cantando y con el canto volver a ser.

Aprendí que yo soy si nosotros somos
Que perder algo te hace crecer aún más
Y que la tierra nunca deja de andar

(Tiene música, che.)