domingo, 14 de diciembre de 2014

El regalo

Somos aficcionados que se entretienen lindo cuando se trata de describir paisajes, personas, situaciones, cosas.
Pero enfrentados a la Belleza, mano a mano, como en un truco con naipes imposibles, nuestras palabras se descartan amontonadas y se muestran en toda su inutilidad. Eventualmente podríamos, en cambio, contar limitadamente el universo de sensaciones que corre por dentro al enfrentarla.
Despertarse a la madrugada después de un viaje en ómnibus es, convengamos, una oportunidad para la percepción. El comienzo es necesariamente molesto, porque nada hay más desagradable que emerger de un sueño viscoso y oscuro rodeado de mucha gente. Diferente es abrir los ojos (o uno) y percibir la forma y la respiración suave de tu compañera la lado: La presencia, indiferente o no, de gente por todos lados violenta y abruma ese instante supremo en el que volvemos al mundo de los vivos.
Pero la bienaventuranza de la que habla Serrat es cierta, y estar en el fondo del pozo es bueno, toda vez que lo que sigue siempre es mejor. Rápidamente se puede dejar atrás el pasillo del colectivo con la fila torpe de cavernícolas sumisos, la dársena con olor a gas oil en el mejor de los casos y las luces exageradas del hall de la Terminal. Solo resta salir a la vereda y sortear el inconveniente de escuchar –y ver- a algunos taxis bailando ante la fila de pasajeros una sórdida danza lineal de codicia, para llegar a encontrar nuevamente a nuestra amiga la noche, al cielo oscuro y la paz de las cinco de la mañana.
Con la esperanza de caminar las siete cuadras que me separan de la cama lo más embotado posible, lo menos estimulado que se pueda, sin aumentar siquiera el ritmo cardíaco, enfilé para la puerta de salida. Y me encontré con la lluvia.
Podría haber pensado que me iba a mojar y despertar, que me tendría que apurar, pero no. Ni siquiera tuve tiempo de sentir molestia alguna. Antes de que mi modorra se queje, antes de que el ceño se arrugue, la mirada mandó las cejas hacia arriba y el fastidio de unos pasos atrás dejó paso al asombro.
Una lluvia suave y vertical, lenta y tibia bañaba las calles, las veredas, los techos y las plantas de la ciudad dormida. Emprendí un viaje corto a paso tranquilo, sin dudas convencido de que ese regalo era excepcional y mío.
Todos sabemos lo bello que es ver llover en el campo o en la montaña o en las orillas, sentir cómo se conjugan la belleza del paisaje con las fuerzas de la naturaleza liberadas del transcurrir monótono de las subidas y bajadas del sol. Por eso, porque lo sabemos, podemos saborear infinitamente la maravilla de ver a la ciudad dormida mojada de pies a cabeza.
Fui caminando para el Sur a paso moderado, no por el ánimo de evadir las gotas que iban empapando mis ropas, sino para alejarme de mis ruidosos y alienados compañeros de especie.
Cafferatta aquí tiene el mismo sabor céntrico que, por decir una, Buenos Aires: Los vehículos corren apurados por ella; nunca hay un cese definitivo del movimiento, aún en la madrugada profunda, y posee una tensión que se explica por su propia característica de calle de conexión.
Esta hora en la ciudad siempre tiene la magia del silencio y el vacío, que transforma cualquier lugar en una casa gigantesca y propia, llena de rincones cómplices. Agréguele ahora la lluvia cayendo sin una brisa, calando las paredes, bajando por los troncos de los árboles, murmurando sola, sola en la ciudad vacía: Apenas se puede atinar a agradecer la fortuna de poder verlo y sentirlo.
Apuraba el paso solo para dar vuelta la ochava de Marcos Paz, intuyendo lo que iba a encontrar, sabiendo ya que mi calle iba a ser el regalo de esta noche que sabía mágica y transitada de amares incluso antes de comenzar el viaje desde la Capital, y sabiendo también que iba a caminar suave hasta mi casa, y que cambiado de ropa y seco no rumbearía al dormitorio y me sentaría a escribir -a años luz de aquella modorra del despertar súbito y excesivamente acompañado del ómnibus- una síntesis de las sensaciones que a esa altura me estaban desbordando.
Cuando me enfrenté a la cortada más larga de Rosario, a esas cuadras iniciales, mirando al este, me tuve que detener, atravesado por la belleza. La calle que dejaba atrás, como si comprendiera el momento, ayudó conteniendo sus taxis, sus ruidos y su gente, y por un instante eterno, inmemorial, ante mis ojos solo estaban, solas, la ciudad y la lluvia. 
Es una tarea inútil describir el espectáculo: podríamos decir que los árboles de las dos veredas   –jóvenes pero con sus copas tocándose ya- recibían con un susurro las gotas incesantes, que mis oídos sospechaban desde la calle las chapas cantarinas de los centros de manzana, que pequeños arroyos corrían respetuosos por los cordones y que el adoquinado dirigía con asombro su mirada de mosca a la noche negra que no cesaba de enjugar el sudor de un cielo cansado del calor de estos veranos. Es tan infructuoso como intentar describir la maravilla explicándola parte por parte. El espectáculo que transité por tres cuadras más, lento, humilde, agradecido y feliz se componía de todo eso al mismo tiempo.
Por unos instantes busqué el significado que, necesariamente, tenía que haber en ese cuadro. Lentamente se corrió el velo y entendí: Era la lluvia gobernando la ciudad.
Con un sonido suave y formidable que llegaba de todos lados, la naturaleza estaba hablando. La ciudad sumisa, resignada, y la lluvia sin soberbia, pero firme, imponente, me mostraban que a veces las cosas vuelven a su lugar y que todavía podemos recordar, con una función especial para nuestros ojos, cuál es el pequeño lugar que a los humanos les corresponde en esta tierra.

MarceloT

5-3-09, 6 AM

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