jueves, 29 de abril de 2021

Pharaonis


Pharaonis

Quiero dejar esta crónica ahora que las circunstancias me han desbordado. Si este escrito llega a conocerse podré decir que mi objetivo se ha cumplido y a fin de cuentas estos pequeños seres no se habrán salido plenamente con la suya. Aparte.

Lo primero que atiné a hacer fue buscar información: “Las hormigas faraón han llegado a ser conocidas en California como la plaga de los argentinos. Llegaron sin pedir permiso y se adueñaron de todo. Lo mismo pasa en su país de origen, donde la población se ha resignado…” Resignado. Yo resignado. No, resignados estarán los demás, yo no. Como decía Joaquín V. González: a mí no me ha derrotado nadie, señores. ¡Nadie! Llegué a esta casa con la ilusión de un nuevo hogar. Creía que era mío con sólo pagarlo y no sabía que estaba ocupado. La vida andante te demuestra que no hay nada que se pueda comprar con dinero y que hace falta más que pagar para ser dueño de algo. Hay que luchar y bueno, yo les presenté batalla, claro que sí. Estas pueden ser las últimas palabras que dicte a mi computadora, pero van a ser demoledoras para sus objetivos. Sigo leyendo: “…cuando la colonia no puede encontrar alimento suficiente, emigra en forma de enjambre, para lo cual se preparan criando individuos alados”. Aparte.

Como siguiendo una cuidadosa estrategia militar, aparecieron varios meses después de mi mudanza. Precisamente en la pantalla de la computadora, de a una, de vez en cuando. Yo creía que eran visitantes pasajeras, no vigías. Que habían caído del techo, que había subido alguna al escritorio. Cuando empezaron a invadir alimentos entendí que su plan iba en serio. Me dejaron sin harina primero, luego sin azúcar. Las golosinas que escondía para mis ataques de ansiedad habían desaparecido, dejando rastros fantasmales de sus envoltorios. Comencé a probar diferentes formas de aislar la mercadería: frascos cuya resistencia siempre vencían, dobles o triples bolsas plásticas que perforaban, finalmente mis reservas fueron confluyendo en su totalidad en la heladera, cuyo frío no soportaban. El artefacto se bamboleaba inestable por el peso extra de tanta mercadería cargada en su interior. Con una insolencia que iba en aumento a medida que se confiaban en sus logros aparecían al lado de las hornallas aguantando calores insoportables hasta que al fin entraban en combustión, se agrupaban en los platos recién lavados, se colaban en el inodoro y en el punto máximo de su caradurez aparecieron en mi cama, decididas a consumir mis humores nocturnos y la caspa de mi cuero cabelludo. Aparte.

Su falta de respeto rompió todos los límites la mañana en la que las hallé entre las cerdas del cepillo de dientes, después de cepillarme. Fue cuando dije basta y les declaré la guerra. Y fue sin cuartel: como soy enemigo de los venenos las aplasté, las ahogué, con placer olímpico las puse al fuego en las cacerolas que invadían y también las congelé, en un despliegue de acciones que luego di en llamar “guerra en fase A”. Estudié sus reacciones, y hete aquí que no se fueron: ante una agresión importante, a lo sumo cambiaban de lugar el hormiguero. Algunas veces se ubicaron tras el calefón, apareciendo por una grieta de la pared. Otras, bajo la puerta de entrada: un camino tupido llegaba hasta la heladera. Aparte.

La heladera fue otro método. Amigos, si se creen infalibles van a errar. Al comienzo disfruté viendo cómo se morían cuando las transportaba en una costeleta invadida y las encerraba en el frío. Más tarde opté por ingresarlas a propósito, por ejemplo en una sartén engrasada que había pasado una noche sin lavar –miríadas deleitándose inmóviles— y las mataba intencionalmente en el refrigerador. Luego pensé en la solución final: llevar toda la colonia a la heladera. Abrí la puerta, dejé que se atemperara el gabinete y distribuí algunos caramelos en su interior. En dos horas más de la mitad del hormiguero estaba adentro. Entonces cerré la puerta y esperé, sin tentarme a abrir para ver cómo morían. Solo esperé. Al día siguiente fui a celebrar mi triunfo. Lo que encontré preanunció mis hallazgos científicos: había muchas muertas, quizá la mitad de las que habían entrado, pero el resto vivía. Y no sólo eso: se habían comido todos los alimentos que constituían mi reserva de jubilado en un tiempo en que la inflación y las tarifas no te permiten comprar comida todas las semanas. Me confié: mientras entraban unas pocas a la heladera, morían todas. Cuando fueron millones se apelotonaron estratégicamente, usando su calor corporal para protegerse. Las de afuera morían mientras que las del centro sólo se aletargaban. Con el paso de las horas surgieron algunas pocas con una mayor resistencia que invadieron los intersticios del artefacto, inutilizaron sus mecanismos de enfriamiento y luego se dedicaron a reproducirse. Aparte.

Les regalé la heladera. Esperando que se concentren allí, abandoné el comedor y la sala y comencé a recluirme en lugares de la casa en los que circunstancialmente no estuvieran. La comida que comencé a consumir fue sólo la que compraba diariamente, de manera que su calidad empezó a bajar, y al final de la fase A de la guerra comencé a tener problemas de malnutrición. Me iluminé una tarde, afortunadamente. Estaba acostado en la cama, leyendo muy concentrado “El superorganismo” de Bert Hölldobler en Internet cuando una de ellas apareció en el rincón inferior izquierdo de la pantalla y comenzó a transitarla en diagonal. La tomé en un paroxismo de irritación y la mastiqué con odio entre mis gastados incisivos. A la paz justiciera que sobrevino luego de la tensión se sumó un sabor agradable y un estado mental confuso y acelerado. ¡Era la solución! Si en lugar de ahuyentarlas o aplastarlas me las como, ¡se terminaron las hormigas! Y así comenzó la fase B de lucha. Aparte.

Comencé a comer hormigas en forma artesanal, tomándolas de a una o dos. Luego utilizaba el “método migas”: mojar la yema de los dedos, adherir un grupo completo y llevármelo a la boca. Fue un tiempo de descubrimiento de sus sabores y también de sus conductas: a veces detectaban la muerte cercana y no aparecían por ningún lado. Lo más divertido era aspirarlas: cuando había una hilera en la mesa, llevándose un resto de papa, por ejemplo, me preparaba exhalando primero hasta la última gota de aire para luego poner la boca como para decir “uuuuuhh” y aspiraba siguiendo la línea, como si fuera cocaína pero con la boca. Cuando tenía fortuna, a veces masticaba un buen bocado. A fin de cuentas, su sabor no era desagradable, muy por el contrario, tenían un regusto a almendras o nueces; tampoco su consistencia era chocante, más bien se sentían entre los dientes como si se masticara chía o semillas de frutilla. Pero al aspirar era complicado que todas se queden en la boca, casi siempre una atravesaba la glotis e impactaba directamente en mis alvéolos pulmonares, generando un acceso de tos de consecuencias desastrosas: me hacía perder todo el manjar, no las mataba y dejaba la mesa y las paredes cercanas hechas un enchastre de bichos. Al final adopté métodos que podrían denominarse industriales. La heladera fue por mucho tiempo uno de mis lugares favoritos para el consumo masivo: en una tarde podía comer el equivalente a un plato y medio de hormigas. Mi desnutrición crónica de tercera edad en tiempos de ajuste cambió con tres meses seguidos de este alimento. Más que formidable, formigable. Aparte.

Fueron los últimos días que salí de casa. Los comentarios de las vecinas eran “Qué bien se lo ve, Alfonso, le sienta bien el frío” o “Parece que estuviera tomando sol, Alfonso. ¡Qué color!”. Era evidente que el ácido fórmico hacía el efecto previsto por la ciencia: depuraba mi sangre mucho más rápido que cualquier hierba o medicamento. El rejuvenecimiento fue tan rápido y evidente que tuve que aventar algunos rumores de intervenciones plásticas que tenían epicentro en la panadería “La Bifernina”. No obstante, comencé a salir menos por la vergüenza y la necesidad de investigar lo que estaba pasando con mi cuerpo. Dos semanas después me recluí definitivamente, luego del hallazgo que cambió mi perspectiva para siempre. Aparte.

El ácido fórmico fue la pista. Atando cabos, encontré que en el Amazonas las hormigas echan por día mil toneladas de esa sustancia al aire. Demasiada cantidad para ser una acción natural. Había una inteligencia superior en esta acción. Las hormigas no son simples seres sociables que llegan a formar una colonia. Son algo más. Mientras lograba estos avances en mi conocimiento científico del enemigo desataba la fase C de lucha contra la Monomorium pharaonis: había creado una melaza a partir de restos de mandarina machacados, miel y azúcar disuelta en jugo de naranjas podridas que las enloquecía, y venían a mí sin necesidad de moverme. Comencé a recluirme en la cama, con los libros y mi computadora, saliendo solamente para preparar la melaza una vez a la semana y con la misma frecuencia ir al baño. En ese estado de investigación intensiva di en la tecla: las hormigas no evolucionaron en la tierra. Vienen del espacio exterior. En abril de 1997 los científicos pudieron investigar a fondo al Cometa Hale—Bop, uno de los que pasó más cerca de la tierra. Hicieron análisis de la cola del astro y los resultados fueron tan increíbles como indiscutibles: en el cometa había cantidades impresionantes de ácido fórmico. De allí comenzaron a investigar las nubes interestelares, descubriendo que están plagadas de esta sustancia. Era evidente: las hormigas siempre viajaron por el espacio, no se formaron en nuestro planeta. Son extraterrestres, con todo lo siniestro que ese término conlleva. Seres con una inteligencia superior que pueden imprimirle una dirección especial a los cometas que los transportan para dirigirlos a los lugares que quieren colonizar. Aparte.

El hallazgo me encontró un tanto aburguesado y con un importante sobrepeso en mi lucha contra las hormigas. Inventé un método de alimentación constante que aún ahora sigo utilizando: echado en la cama, trazo un hilo de melaza desde la comisura de mis labios que recorre mi cara, el cuello, el colchón y finalmente el piso a través de una pata de la cama para que simplemente las hormigas vengan hacia mí sin necesidad de moverme. Cada cinco o diez minutos la cantidad en la parte interior de mi mejilla es importante y las trago, reiniciando el ciclo mientras le dicto a la computadora o leo. Una inteligencia superior tiene que tener un fin, pero no llego a comprender el fondo de la cuestión. Me siento eufórico: he olvidado dormir, apasionado como estoy con el dictado, la lectura y la fase C/subfase de ingestión continua. Además, en algún momento de la semana pasada se me cerró el ano. Abarte.

El hecho no me sorprendió demasiado después de dos semanas sin ir al baño. Intenté levantarme aún sin deseos de defecar, pero mi vientre estaba demasiado hinchado como para salir de la posición horizontal. Entonces alcancé una toalla e intenté hacerlo acostado: no fue posible. Quise introducir los dedos como para forzar la apertura del esfínter y dejar salir lo que me inflamaba las tripas. No había esfínter, mi piel estaba lisa y sin ninguna abertura, apenas una rugosidad delataba el lugar donde había estado antes el orificio rectal. A fin de cuentas, pensé, si mi cuerpo no necesita hacerlo que no lo haga. Creo que la comodidad de seguir acostado es más fuerte, de modo que me dedico sólo a pensar y dictarle a la computadora mis cavilaciones. Ya no siento odio contra ellas, ahora más que comerlas quiero tenerlas adentro por el simple placer de hacerlo. Abarde, afarde.

***

Ha pasado mucho tiempo, pero no puedo precisarlo. De alguna forma he perdido la medida habitual de los días y me sucede sentir adentro que mis pensamientos muelan veloces y se interconectan con otros cientos, miles y no sé si soy yo pensando o alguien está pensando por mí. En este momento las hormigas entran en mi sin que las incite ni que las mastique vamos vamos. Hay un camino negro camino negro camino negro que ingresa a mi cuervo en forma continua sin que tenga que tragarlas. Otro más otro más. No me impiden hablar o respirar, aunque producen algún problema de pronunciación cuando la boca se llena, adentro, sin embargo las anotaciones siguen porque el software que utilizo corrige casi todos los errores. Caliente. La fila de hornigas se interrumpe cuando pronuncio consonantes oclusivas labiales y, pacientemente, se reorganiza para entrar cuando vuelve a abrirse la oca. Lindo, caliente. Son muchas dentro de mi garganta y mantienen mi cuello con una extraña rigidez. Adentro, adentro. No las veo, pero siento su pensamiento claramente. Quieren estar adentro, madre, madre, madre, dicen. Hay caminos nutridos que veo de reojo por la habitación, desde varias direcciones, muchas tienen alas, rico, rico, pero no son como los habituales caminos de horniga de un bosque. No vienen y van. Sólo vienen. Llegan de a millones, vamosvamosvamosvamos y mi vientre ocupa ya el ancho de la cama y se eleva casi un metro por encima de mi pecho. Cualquiera diría que va a estallar nos vamos nos vamos. La piel está tersa y transparente y puedo verlas adentro. Otro más. No están muertas ni digeridas, las siento caminar, copular y nacer adentro y las amo.

***

—Papá, ¿qué es eso negro que sale por el balcón del edificio de enfrente?

—Se le debe haber quemado la comida a alguien, Toto. Cerrá la ventana.


viernes, 29 de enero de 2016

Seguro

-¡Siempre! -gritó la mujer, apoyada en el pretil.
-¡Siempre! -repitió.
Miraba un punto lejano donde el puente en el que estaba se unía a un islote rocoso que contenía una edificación sólida y amenazante.
Detrás de ella, un hombre maduro que se había detenido también allí,  como si de pronto cobrara fuerzas, colocó sus manos como bocina y vociferó también: -¡Nunca! ¡Nunca, nunca, nunca...!- Y, como abatido, en un susurro casi sollozó -¡Nunca jamás...!
Pequeñas perlitas de sudor le caían por la roja frente.
Luego fue el turno de dos jóvenes que se habían acercado como alertados por el barullo. Intempestivamente comenzaron ellos, también, a proferir gritos de cara a la isla: -¡Todo! ¡Total! -decían como poseídos, uno a la vez, alternándose.
La primera mujer se volvió,  se puso en medio de ellos y cuando, vencidos, hicieron silencio, los tomó de la mano como quien les quiere dar ánimo: -¡Nada! ¡Ninguna! -Repitió las palabras hasta cansarse.
A unos pasos, debajo de la sombra de un pequeño árbol, había un viejo. Pasaba desapercibido con su piel apergaminada y su cabello ralo y blanco, como un árbol más al costado del camino.
-Dejen de llamarlas -susurró casi, sin levantar la vista hacia ellos.
El pequeño grupo que se había formado quedó inmóvil y en silencio por un instante, con el asombro transitando por ellos como si de verdad hubiera hablado un árbol. Se acercaron de a poco al viejo.
-Ya podrían darse cuenta -volvió a hablar-. Es inútil que las invoquen, se fueron y no volverán.
-...eso no es... -intentó interrumpir el hombre maduro.
El viejo, con el leve movimiento de un dedo, dejó en claro que no había terminado.
-Las palabras que buscan ya no están entre nosotros. Se han ido allá -señaló la isla- y no pueden ya regresar.
-Pero es que recién me pareció que estaba aquí. -El hombre maduro pudo completar su frase. La mujer agregó: -A mí también, y no suelo equivocarme en mis percepciones.
-No lo niego -agregó el viejo-, pero lo que parecen ser palabras son sólo la imagen de ellas. Siempre, nunca, su hermana menor nunca jamás, todo, total, nada, ninguna, y algunas otras parientes y amigas que frecuentaban el universo amoroso ya no están entre nosotros.
Viven, a su pesar y el de los románticos del mundo, en aquella cárcel de máxima seguridad, en medio de la isla. Están vigiladas por un poderoso guardián y no existe modo de escape.
-¿Seguro? -Preguntó uno de los muchachos.
-No. -Dijo el viejo.
Se hizo entre ellos un silencio pesado donde la incomprensión cabalgaba a gusto.
-No entiendo -dijo la mujer- Si no es seguro, ¿Por qué nos lo está diciendo?
-Las palabras existen solamente si, luego de pronunciarlas, otra persona contesta afirmativamente. Un silencio o una negativa deja sólo su imagen, y la palabra verdadera no vive.
-Entonces -dijo el hombre- Seguro también está en la cárcel.
-¡Claro! -dijo el muchacho q no había hablado- ¡Se lo llevaron preso!
El viejo prorrumpió en una carcajada estentórea, que parecía no tener fin. El segundo muchacho intentaba reír sin estar del todo seguro de haber dicho algo gracioso.
-No, muchacho. Seguro está ahí pero no está preso: es el carcelero de todas las demás palabras.

martes, 8 de diciembre de 2015

Vivir de a dos

Vivir solo: un ejercicio de la libertad pero.
Vivir solo es un sinsentido. En realidad, es un oxímoron: el vivir conlleva a la manada, porque nadie sobrevive solo. Ni sola, aunque si vamos al caso, las mujeres saben más de manadas y ni por asomo se les ocurre.
No hablo de compartir casa, hablo de andar por la vida.
¿Cómo debería ser? ¿Como lo dicen los papeles, las reglas, la abuela, la vecina?
Yo quiero esta forma de estar acompañado en la vida:




Quiero andar en el aire y quiero que andes en el aire.
Quiero que te muevas, y no siempre para arriba. Que cambies de forma, que la busques todo el tiempo, según mande la ventolera de lo que día a día nos construye.
Y hacer lo mismo, moverme hacia arriba y hacia abajo y dejarme llevar, consciente de mí mismo.
Y en lo posible, cada tanto enredarme con vos.
Porque mi forma sola no me alcanza para ser, y la verdadera belleza se construye con el otro.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Agustina, cruzando el río.

Agustina me pregunta si alguna vez vi un colibrí bebé.
Dice el tamaño con los dedos y cuenta como sacan la lengüita.
Tiene un perro precioso, de pelo muy corto y casi rojo y para nada gordo. Su talante plácido contrasta con el mapa de cicatrices en su cabeza.
-¿Como se llama? -Le pregunto.
-Mordelo se llama.
-¿Y se pelea con perros, es malo?
-No, es buenísimo.
-Pero está lleno de cicatrices.
-Porque pelea con las nutrias y le clavan los dientes.
Agustina habla sin parar. Cuenta la naturaleza que la rodea y los bichos que cría. 
Y cuenta su sueño de anoche:
-Era una tortuguita, y me enterraba en la arena para protegerme de las gaviotas. Después me llevaron los humanos y me hice grande. Después me desperté, me cambié, me peiné y me fui a la escuela.
Agustina sueña cuando duerme y a veces sueña despierta.
-A veces soy un árbol -me dice. Me quedo quietita, derecha, y los pajaritos hacen un nido en mi cabeza. Y asi, voy sintiendo como picotean despacito.

martes, 8 de septiembre de 2015

El Sur, pero en la Pampa gringa: Villa Divisa de Mayo

Para los que hacen mapas, nada.
Para los que hacen guías telefónicas, paraje.
Para el extraño que corre por la 33 hacia la punta de la bota, una sucesión de carteles que da paso a un grupo escueto de casas.
Un anexo sobre la ruta para los afincados en Chovet, ese pueblo de apellido catalán y habitantes de ascendencia croata que se puede encontrar camino al sur de campos fértiles y cañadas que se suceden.
Simplemente Tamborini –a veces “Tamburini”- para los jóvenes pueblerinos de jopo rebelde y piel curtida que recalaban los sábados, alternando rigurosamente con Rabiola, para sus aventuras de muchachada alborotadora de los bailes de la escuela; una costumbre casi eterna hasta que llegaron los ochenta y su baldazo de globalidad preanunciada, y ya los jóvenes miraban desde la ruta camino a otros boliches, otros alborotos.
Para mí, la catedral de mis recuerdos escolares, el lugar inmenso que abrigaba la Escuela Nacional 317, con sus casuarinas y sus juegos, su galería interminable que hoy recorro con unos pasos, el escenario del playón y luego galpón anexo que servía para aquellos bailes y las veladas de fin de año.
Divisa de Mayo es portadora de un privilegio no verificado de poseer el último boliche de campo de la pampa húmeda. Un almacén de ramos generales y expendio de bebidas que pareciera haber visitado Borges para escribir el cuento El Sur. Es interesante contar lo que le pasa a mi cabeza al leer ese cuento. Posiblemente porque el universo de la infancia, lo que nuestros ojos absorbieron, descomunales, como primeras impresiones en la mente deshabitada, es el marco del cuadro que pintamos todos los días.
El protagonista, desconociendo la mala fortuna que su despiadado destino le está reservando, agradece la circunstancia que lo hace recalar en un solitario boliche de campo. Ya desde afuera puedo ver, al vislumbrar los caballos atados en medio del desvanecimiento del crepúsculo, a la sombra de esos sauces que todavía están, que ese lugar al que llegó es Tamborini. No hay lugar a dudas: el palenque, a veces un vehículo de la época en el frente, el interior iluminado por el farol a querosén, las mesitas en donde parroquianos eternos juegan su partida de truco, el vidrio grueso de los vasos, la mercadería contra la pared detrás del mostrador. Es el almacén donde mi viejo me llevaba algunos sábados a la mañana. Y por eso mismo libro una batalla interna hasta el final del cuento, porque para llegar a Divisa de Mayo, el protagonista debería emprender el camino al Norte, que no es, según la esencia del relato, ese mundo más firme, donde aún existe el verdadero gaucho. Para encontrarlo debería cruzar la Avenida Rivadavia de su arquetípica Capital y pisar el Sur. 
Quizás todo sea más simple de lo que parece y la contradicción se resuelva muy simplemente: Quizás Borges tenga razón y este norte no sea el mundo del gaucho. Basta con mirar alrededor y comprobar esta es la patria gringa. Y que lo que se ve desde la ruta, la fachada esquinera de este boliche es solo una ilusión creada por unos pocos románticos que se niegan, desde comienzos del siglo XX, a entender que todo se mezcla y no para mal. Pero en mi intimidad no quiero quitarle entidad a esta burbuja de tiempo que se mantiene aún entre el ruido de los camiones. Porque aún está allí, descripta magistralmente por este cultor de la esencia del gaucho: el almacén en donde me sumerjo para seguir al atribulado personaje es el almacén de Tamborini. O a lo mejor es al revés: Cuando visito Divisa de Mayo, voy al Sur, al universo de Borges.

Piloto de avión

Piloto de avión
Aferrando
la doble curva
del comando.
Mis manos acarician
y empuñan,
y la nave inmensa y alucinante
se mueve majestuosa y ondula
con una leve presión o un giro.

Maquinaria compleja,
creación maravillosa,
puede subir
a diez mil metros
o desarmarse en mis manos.
Temperatura, luz, velocidad
al apretar un botón.
Raras veces carretea,
vuela como su sino.

Creo que la hicieron en el aire.
Más arriba de los cirros,
le colocaron las alas.
Me encontré con ella en el cielo,
entre corrientes ascendentes
y nubes tenues.
Yo ensayaba manotazos para flotar
y sin esperarlo entré en ella.
Y aunque muchas veces vuela sola,
tengo ahora un oficio.

Piloto de avión,
aferrado
a la doble curva
del comando.
Aprendiendo urgente
los instrumentos,
leyendo, leyéndola.
Manteniendo desesperado
la nariz alta
y la velocidad de los motores.
Aterrizando y despegando
con cuidado. La vida
de esta creación maravillosa
está en mis manos.

Por amor, la cuido,
y por instinto de supervivencia,
porque desde aquella vez
entre las nubes tenues,
mi propia vida

va adentro de ella.


Rosario, 
1/8/09
Despedida.

La luz de tu mirada

Cuando te alcancé a ver estaba en lo oscuro
Atravesando el limbo de ya no ser
Necesitaba luz y estaba apagada
Ni siquiera la luna podía ver


Noches de tristeza suave
Cantos para renacer
La voz me ayudó a llamarte
Y entre los dos hicimos amanecer


Si vos cantás conmigo Febrero llega
Y el carnaval se instala en el corazón
La luz de tu mirada me guía el vuelo
Y parece que todo comienza hoy


Cuando se rompe nuestro traje
Un traje más hermoso se deja ver
Ése es nuestro destino de mariposa, cambiando siempre,
Cantando y con el canto volver a ser.

Aprendí que yo soy si nosotros somos
Que perder algo te hace crecer aún más
Y que la tierra nunca deja de andar

(Tiene música, che.)