Los viejos más viejos de Morón cuentan que en ese entonces el cementerio estaba lejos de cualquier lugar habitado de la ciudad. Se lo veía como una linea a la distancia, y nada se sabía de la vida de los muertos. A lo sumo, de vez en cuando un transeúnte desprevenido, caminando solitario por esos confines, se había encontrado con algún alma en pena que le hacía una amarga queja por una muerte que no había salido bien y se esfumaba luego, en un vuelo fosforescente.
Nadie podía imaginar qué harían las ánimas cuando la planta urbana fuera creciendo y rodeándola a la otra ciudad, la de los que pasaron al otro lado; y no era nada fácil saberlo, porque las almas son absolutamente impredecibles. Así fue: en lugar de espantar a los que pasaban, los desvividos, las sinmuerte, empezaron a curiosear los bares y boliches de esos barrios cercanos y ni bien tomaron confianza empezaron a quedarse, transparentes, acodadas en el mostrador, o calando los huesos de borrachos tristes y encorvados, sumidos en sus pensamientos sobre la nada. El resultado no podía ser peor: las almas no tenían consuelo luego de esas visitas y volvían, desacompasadas y más solas que nunca, a la prisión de cal y canto, del otro lado del muro.
Así fue hasta que los tiempos cambiaron: la suerte les jugó una buena pasada y se mudó enfrente, apenas cruzando la avenida, un pequeño local del que por las noches salía una música terrible y bella, como nacida en el otro mundo. Allí, cruzándose, de vez en cuando ellas encontraban el ambiente adecuado para redimir las espantosas circunstancias de su deceso mal terminado.
Desde ese entonces ocurre. Cuando hay un recital en el local, especialmente cuando la música vibra en la frecuencia de su alma en pena, se cuelan por los respiraderos de las tumbas y tras un corto planeo aparecen frente al escenario. El alcohol y el humo persistente en el lugar no permite a los fans distinguir ni recordar luego con claridad quienes eran esos que, enfundados en ropa oscura y estrecha, bailaban un pogo tan desenfrenado y asesino. Así sigue siendo hasta hoy: después de descargar patadas y piñas durante un buen rato logran que su mala muerte sea sólo un recuerdo aborrecido y luego, con su ira limada, dejan definitivamente y en paz el mundo de los vivos.
MT,
Febrero 2014