jueves, 24 de abril de 2014

Palomas de humo



Espero
sobre el polvo blanco de los senderos,
por las hondonadas vacías y los potreros yermos
y el telégrafo vertical que sesga los campos,
el humo o la paloma.

Imagino
ante costurones grises que reverberan camiones
cruzando pueblos, tristes de distancia
en atardeceres apagados y olor a tierra,
el humo o la paloma.

Evoco
entre cíclopes perfumados de hojas curvas
cruzando arenas, bordeando cables,
vertiginoso vuelo de pampa,
el humo o la paloma.

Vienen por las estribaciones grises de ripio y cal.
Acarician tejidos y muros vistos.
Se miran en grandes ojos celestes rectangulares
y llegan.

Viajando entre el ruido de fieles y profanos.
Esquivando o abrazando árboles imposibles,
Respirando en la costa, volviendo a volar.
En jirones,
aligerados y tenues,
desahuciados,
deshumados,
desplumados,
el humo.

La paloma.


Rosario, enero de 2005


miércoles, 23 de abril de 2014

Luna de abril

La ciudad brilla con maquillajes de moda: el neón ochentoso ya no aparece casi, porque luce como aquellas sombras de colores que usaban las chicas que iban a bailar a Space. Ahora, las pantallas led encienden sus ojos con un rimmel exquisito, exaltando esa belleza que por propia naturaleza ya tiene la noche de Buenos Aires, su más hermoso rostro urbano.
Otra cosa muy diferente es el quimo oscuro que se mueve por sus tripas. Nosotros.
Noche de vuelta a Rosario, después de un acto de esperanza, con mucho de promesa y gusto a no me alcanza por eso de juntarnos, de abrazarnos pero después todos a casa. Mucho porrón hace falta para que tanta gente se conozca y se quiera. Pero hay paciencia de sobra en estos militantes.
El subte, en esta hora previa a su cierre es el último movimiento peristáltico antes de la somnolencia porteña. Los vagones de la linea C empiezan a vaciarse, la gente ya no pelea por los asientos azules aterciopelados espantosos que van quedando cada vez más a la vista. Una nena viene dejando a los ensimismados pasajeros unas figuritas de colores; previamente hace un gesto con la mano abierta que se parece más a un "chocá los 5" que a un "me dá una moneda". Nadie contesta a su gesto, entonces ella tira una tarjetita sobre sus piernas. No tiene seis años. 
La veo venir: harapienta, tapada de mugre, reubicando piojos al rascarse con fruición, el pelo agrupado en mechitas grasientas;  portando en definitiva unos síntomas tan agudos de abandono que instintivamente busco en los alrededores a la madre que la parió, porque el padre ni esperanza de que esté. Veo al final del coche dos mujeres con chiquitos en brazos y supongo que se referencia con alguna de ellas. Igual no puedo asociar la existencia de una madre con la desolación de esa nena. Se acerca al hombre que está al lado mío y le repite el gesto, él la mira con una mezcla de asco y miedo y se paraliza. Ella le tira la tarjetita, él aparta sobre el asiento con un gesto de disgusto. Me quedo observándolo.
Absolutamente indiferente al cataclismo interno de ese hombre, la nena avanza hacia mí y me repite el gesto. Balbuceando unas palabras ininteligibles, me extiende la mano con los dedos juntos pero en forma lateral. Amago torpemente a estrechar esa manito; no llego a hacerlo, y aunque el instinto me manda a abrazarla, la razón se impone y le digo que no doy plata. Sigue de largo, indiferente a este otro cataclismo. 
Al bajar en la punta de linea, la nena se pierde entre la gente junto a seis o siete chicos de estado similar y edades diversas, la más grande de diez o doce, quizás.
Me quedo pensando solo, me siento a comer algo antes de salir a la superficie. Rituales de otros años de retornos nocturnos, con la misma sensación de amor y pena por las ciudades bellas y desiguales en las que vivimos. Mientras termino de comer vuelvo a verlos pasar, la estación ya vacía casi. Una pared los oculta de mi vista pero oigo sus gritos y discusiones mientras suben y bajan por unas escaleras mecánicas, las que salen hacia adentro del viejo edificio del Ferrocarril General Mitre. La chiquita entre todos ellos. Pienso en pedirle un par de porciones de pizza como las que recién comí, para que se vaya a la casa con algo en la panza, pero no puedo con toda la colmena que la acompaña. Tendría que elegir entre alimentarlos y volverme a mi casa.
Una mujer trae a un policía para que "haga algo" porque "se pueden agarrar una manito". Atinado, el hombre -gordo y de buen talante- le dice que no hay por qué alarmarse. 
-Qué va a pasar, señora. 
Las escaleras están detenidas. Me voy detrás de él, por las dudas. Sigue de largo y ahí está ella. Dentro del enorme recinto, jugando con los que supongo son sus hermanos. Salen, yo detrás de ellos. Ya los pierdo. Un mocito de 15 años los lidera, probablemente estén volviendo al corazón de la 31.
Desde que la vi se dieron tres situaciones en que parecía que la perdía y sin embargo me volvía a encontrar con ella. Ahora sí, veo que se van todos por una puerta que no sé bien dónde sale; yo camino hacia la estación de micros, buscando de igual manera un puesto de venta de lo que sea, como para verificar que si ella hubiera seguido cerca mío, le podría comprar algo de comer. Y mientras me detengo frente a un vendedor de sándwiches, como por arte de magia, a centímetros de mí está ella. Le compro uno. Luego otro a su hermanita, luego otro. Se arremolinan los hermanos, terminamos la transacción con el vendedor y sigo caminando al lado de ella. En un momento se para y yo aprovecho para agacharme y decirle lo que tenía anudado.
-¿Cómo te llamás?
-Luna -me dice.
La rampa que sube a la terminal de micros está cerca. La vereda está extrañamente despejada, libre de puestos callejeros.
-Escuchame, Luna. Yo te vi en el subte, ¿te acordás? -Asiente de una forma que hace que me lo crea.
-Y me pediste plata y no te di, porque no me gusta dar plata. Pero comida sí me gusta darte. 
Le brillan los ojitos pícaros. Es terriblemente bella.
-Ahora me debés cien pesos- contesta. 

Buenos Aires, 22 de Abril de 2014

sábado, 19 de abril de 2014

El órgano exagerado

-Muy raro.
-¿Qué tiene mi hija, doctor? -La señora congestionaba el entrecejo, formando un surco de piel en donde cabía un dedo.
-Es que… es muy raro lo que encuentro, -repitió el galeno- pero si los síntomas son los que usted dice, no hay otra explicación.
-Es así, es así –casi lloriqueaba la fulana, poniendo los ojos en blanco- no me come, a veces se balancea en la silla, mira el cielo cuando sale a la calle, ¡Y respira de una forma tan rara! Como si no le alcanza el aire, pero sin toser, y…
-Suspiros son. –El médico no le dejó terminar la descripción. -Con esa invasión de órganos, solo le queda el suspiro. Si la observa bien, a la chica no se le nota otra cosa. Tóquele las costumbres usted misma: están en su tamaño y lugar; por otra parte, tiene el talante un poco fláccido, pero es usual que esté así a esta hora. Vea esto: Los hábitos tienen color verdoso, normales… como los suyos, por decir algo, y los vicios… -se agachó, forzando la voz como si estuviera por levantar pesas- …Los vicios cuelgan sueltos ahí, ¿ve? Si estuvieran afectados ya se habrían enroscado sobre sí mismos, tapando la entrada de aire de las voluntades.
-¿Y entonces, qué tiene? –Desbarrancó, ya gritando casi, la matrona.
-Lo único fuera de lugar –dijo sin inmutarse el doctor -es el amor. Fíjese usted misma, señora. Tiene una dimensión gravemente excedida de lo normal. Técnicamente es hipertrofia e hiperplasia del tejido que lo conforma. En criollo, crecimiento exagerado. Le va la vida en ello.
-Qué horror! –dijo la mujer, con los ojos desorbitados y llevándose las dos manos a la boca, como si los labios le dolieran- 
-Cuando el amor se desarrolla de esa manera, -completó con docencia el especialista- todos los demás órganos se turban. El porte se deforma visiblemente, acompaña toda la superficie del cariz que se humedece y al mismo tiempo se congestiona la decencia, que se empieza a ver hinchada y rosa. 
-¿Y qué se puede hacer en estos casos? –La voz de la madre estaba teñida de gravedad.
-Las opciones son solo dos, señora. O se extirpa, o se lo trata con pastillas. En general desaparece.

Abril 16, 2010

domingo, 13 de abril de 2014

Aguas de abril

Es como el agua:
no hace bien ni mal.

A veces viene en oleadas
y te arrasa

y otras,
sencillamente,
te horada gota a gota.

Cuando hierven las palabras
puede ser tu sombra

o quizá templarte,
en tiempos de frío existencial.

Pero siempre moja,
la soledad.

domingo, 6 de abril de 2014

Los eucaliptos


Es una mañana tibia de primavera, en 1970. En el cielo de un azul descomunal vuelan con la misma urgencia palomas, babas del diablo y pelusas blancas de flores ignoradas y remotas. El aire viene de lejos, lleno de aromas verdes y de noticias de los montes que salpican como islotes el arlequín verde de la llanura.
El chico sale solo hacia afuera de los límites de la puerta del patio. Escapado del reino de mamá, mira la quinta, que es la huerta de la pampa gringa, a un costado y, hacia el otro, el galpón con las herramientas apasionantes. Pero no acepta ningún llamado y sigue, por cincuenta o sesenta metros más, hasta poder ver de nuevo allá arriba, sin paredes ni alambrados que interfieran, doblando el cuello en un ángulo imposible, a los gigantes majestuosos, los oscuros eucaliptos, peinando sus hojas en forma de hoz, moviendo sus proporciones colosales y susurrando entre ellos con sus voces cascadas. Él los mira mover sus hojas lacias e inclinarse como opinando mientras el viento suave le sopla las mejillas rojas.
Es allí, a la vera del camino que llega a la chacra, en ese día luminoso, cuando se da cuenta de todo. Son esos gigantes -y no otra cosa- los que al moverse, agitando sus deditos falcados, producen el viento que roza la cara, agita los pastos y la ropa tendida y mueve el molino. Con esa extraña vitalidad, que los hace capaces de flexionar sus troncos y ramas y sacudir sus aletas verdes, ellos son la usina que mueve el aire.
Treinta y seis años después, su hijo Marco, de siete años, hace el descubrimiento.
Está mirando la ciudad gris y estridente que pasa por la ventanilla del auto y, en el medio de todo, detiene su vista en un árbol.
-El viento mueve los árboles, los árboles se mueven y producen viento -dice.

MarceloT
4 de abril de 2006

La sal común induce a la sonrisa


Por primera vez se definió la relación entre la gente sonriente y su nivel de consumo de sal

Científicos de la Universidad de Princeton, a instancias de una ONG de defensa del consumidor de sal consiguieron demostrar una correlación entre la cantidad de sal que consume la gente en forma habitual y su propensión a reír.

Efectivamente, luego de un ensayo en el que participaron 1200 individuos de diferentes sexo, edad y nivel socioeconómico, las cifras fueron significativamente definitorias en este sentido. Quienes consumían sal sonreían al menos el 86% del tiempo en que estaban conscientes y el 95% del tiempo en que dormían.

De hecho, se encontraron a todos sus cadáveres con una sonrisa impresa en el rostro.

Brasita de fuego

La ciudad no es una selva, 
tan solo un campo con yuyos,
inmensidad, monte y gleba
hecho de edificios sucios

Caminando se me pegan 
las semillas como abrojos.
Las aparto como llegan
y me miran de reojo.

Yo no nací para andar
combatiendo la maleza. 
Vine a este mundo a encontrar
lo que produce belleza.

Pero no siempre elegimos
el lugar por donde andamos,
a veces toca sentirnos
extraños en suelo amado.

Así me sentía cuando,
distraído entre la hierba,
me encontré maravillado
por una imagen perfecta.

El cielo aún era azul
la tarde una llamarada
cuando en un poste común
pude ver que se posaba.

Era un Brasita de Fuego:
un pajarito inhallable
que cantaba sin sosiego
y brillaba sin mirarme.

Aguardé durante un rato
que se vaya por su cuenta
mientras su rojo asombrado
iluminaba la siesta.

Y para evitar que la gente
y yo mismo le haga daño
le pedí que pronto vuele,
que asombre de campo en campo.

Aún no se va: espera
indeciso quizá al viento;
pero será otro poema
porque yo, sabio, me alejo.