Ahora la quiero. La
necesito para jugar, para construir… ¡Tanto se puede inventar con ella! Crear
castillos frágiles o dragones que no quemen y vivan mirando el mar,
transformarla en una escultura por un rato. Horadar en ella pozos que nunca se
llenan y jamás se vacían y beber, beber en ellos el agua ardorosa que creó al
ser humano.
Pero también puedo
ser con ella ingeniero. Y construir, construir sobre su firmeza atómica, su
cohesión indestructible. Ella está en estas paredes, en esos rascacielos. Puedo
edificar con ella. Puedo jugar con ella.
Quiero arena.
……………..
Si pudiera, le
gritaría al mundo que la tengo.
Yo lo creo a medias
y sin embargo está ahí, es una fiesta: Cierro los ojos y la toco, abro los ojos
y la veo.
Es blanda, tanto que
no creo golpearme si caigo en ella. Se ahueca, me recibe, y no es como antes,
no hay dolor. Y la toco de nuevo. Al pasar por ella –para mí sigue siendo
maravilloso o milagroso comprobarlo- mis manos dejan, sí, le dejan marcas.
Huellas mansas en su suavidad, impresiones dulces.
Me aparto y veo,
como siempre, esa luz de sílice, ese brillo lunar hecho de sus millones de
pequeñas partes que me miran, o que reflejan mi mirada. La veo besando el mar…
¿cómo no delirar de alegría?
Tengo arena.
……………..
Ahora sucede que
vuela.
El viento, el amigo
de la gente, el que hace dar vuelta los molinos y los gallos de las veletas, el
viento. Siempre sin que se lo espere.
El tiempo, el viento
que horada la piedra y hace torcer los pinos como si fueran la mujer de Lot, la
hace volar. Acá encontré unos granos, los vuelvo a poner en su lugar, pero ya
no es lo mismo. Su cara, que me miraba con tantas facetas, se desarma, se
disuelve en el vórtice ciclónico que la lleva lejos.
Pero no me rindo, y
busco un reparo, trabajosamente la transporto, acá el viento no entra, estamos
solos ella y yo, nada la desgrana. Y cuando quiero poseerla se disuelve entre
mis dedos se escurre por mi piel se hace polvo se vuelve eso que es igual a
tanto.
Es arena.
……………..
Y yo, que era tierno
y fresco como un brote, como un datilero recostado sobre su integridad,
hundiendo sus raíces en ella, explorando hasta beber su humedad profunda y
salvadora. Yo, que tuve el sabor de su esencia, que me hizo sentir sólido, soy
cada vez menos yo. Ahora me voy agrietando como esas paredes viejas, me voy
desarmando de a poco, de a granos, junto al viento que sopla y llena mi boca de
toda ella, que ya no es un elixir: Ahora quema, astringe y seca mi garganta, y
me lastima la piel.
Y mis ojos, que
supieron mirar sin temor la inmensidad de esa superficie, están golpeados y
ásperos, tanto que no pueden cerrarse, y ya no me es permitido soñar. Estoy
obligado a ver como me desarmo, como me pierdo.
Yo, que en su oasis
fui un hombre, ahora
Soy arena.
M. T.
3-08-05

