Qué decir si el sol ya gira
Y le sigue la noche y la luna brilla
Si el tiempo nunca para
y la tierra florece y fructifica
La historia ya está escrita,
la luz ya está plasmada.
El mundo que es redondo.
Las vidas que no cesan.
¿Por qué suponerse un escalón?
¿Por qué no tierra llana, polvo claro?
La mente reverbera en sensaciones,
el cuerpo se entumece en los recuerdos.
Pero está resuelto: no hay más
palabras para este mundo muerto.
Solo la mano se niega.
martes, 25 de marzo de 2014
lunes, 3 de marzo de 2014
Desafiando la razón
¿Qué hacían los dos hombres dentro de ese auto? Su talante era el de cualquier persona que ha dormido un buen rato, horas quizás, con la incomodidad de haberlo hecho vestido y sentado, pero su aspecto y el estado de sus ropas hacía pensar en un tiempo mucho mayor.
Veníamos (plural incierto) también en un automóvil, desviándonos de la ruta que ahora estaba a nuestras espaldas. Nuestra huida nos obligaba a pasar por ese camino rural que nacía allí, a metros de la cinta asfáltica, entre arbustos y matorrales que respetaban su ancho pero se cerraban a dos o tres metros de altura creando la sensación de entrar en un túnel. No podíamos pasar con nuestro vehículo porque había otro ocupando la totalidad del vano del camino. Un automóvil pequeño y algo deteriorado pero de esta época, con restos de tierra y hojas pegadas en sus ventanas. En la parte inferior de las puertas tenía ese barro delgado que suele formarse cuando la humedad disuelve el polvo suave que se adhiere a las superficies viajeras.
Demorados irremediablemente, decidimos bajar para ver si en algún momento íbamos a poder continuar con nuestro periplo.
Como suele suceder en estas historias, el tiempo se fragmentó fugaz. En un instante estábamos fuera, tratando de hacernos entender con los dos habitantes de ese automóvil a todas luces abandonado.
Eran dos hombres de gran tamaño. Mientras uno hablaba sentado en un pretil que había surgido de la nada al costado del camino, el otro se trataba de componer, turbado, para intentar comunicarse conmigo.
Su aspecto se me antojó de chacarero de mediados del siglo veinte. El rostro curtido por el sol, pero que al mismo tiempo aparentaba haber pasado varios días sin recibir sus rayos; la piel que se adivinaba blanca debajo del cuello de la camisa, unos rasgos angulosos, pómulos casi brillantes, y un bigote abierto hacia ambos lados, desflecado y desprolijo, pero de indudable proveniencia europea.
Portaba unas ropas confeccionadas en tela gruesa, como quien prevé trabajar una o varias jornadas en el campo y se mune de una buena cobertura para que su piel no se raspe o lastime innecesariamente. Se sacudía de ella hojas y restos de corteza, como si no hubiera estado durmiendo dentro de un auto sino debajo de un árbol durante muchas horas, y los detritus naturales del bosque se hubieran empezado a acumular sobre él. Hasta el olor que despedía era el agradable perfume de las hojas apelmazadas y algo húmedas que se acumulan debajo de los árboles. En lugar de apestar a días sin bañar, olía a nogal, al dulce aroma de su fruto cuando se lo muele. Más precisamente, al olor de la nogalina que rezuma la cáscara de la nuez verde y nos amarrona los dedos cuando intentamos abrirlas en un acto de natural impaciencia. Mirándolo bien, hasta su rostro parecía manchado por la misma tintura. Al sacudirse, también caían nueces al piso.
¿Qué hacían dentro del automóvil? ¿Durmieron un largo tiempo antes de que llegáramos? ¿Cómo se llenaron de cortezas? ¿Creció un bosque alrededor del vehículo por dejarlo allí quién sabe desde cuándo? ¿Y dónde estaban los árboles? ¿Por encima de los matorrales que se cerraban arriba de nuestras cabezas, ocultados por ellos?
Los sueños siempre desafían la razón.
Veníamos (plural incierto) también en un automóvil, desviándonos de la ruta que ahora estaba a nuestras espaldas. Nuestra huida nos obligaba a pasar por ese camino rural que nacía allí, a metros de la cinta asfáltica, entre arbustos y matorrales que respetaban su ancho pero se cerraban a dos o tres metros de altura creando la sensación de entrar en un túnel. No podíamos pasar con nuestro vehículo porque había otro ocupando la totalidad del vano del camino. Un automóvil pequeño y algo deteriorado pero de esta época, con restos de tierra y hojas pegadas en sus ventanas. En la parte inferior de las puertas tenía ese barro delgado que suele formarse cuando la humedad disuelve el polvo suave que se adhiere a las superficies viajeras.
Demorados irremediablemente, decidimos bajar para ver si en algún momento íbamos a poder continuar con nuestro periplo.
Como suele suceder en estas historias, el tiempo se fragmentó fugaz. En un instante estábamos fuera, tratando de hacernos entender con los dos habitantes de ese automóvil a todas luces abandonado.
Eran dos hombres de gran tamaño. Mientras uno hablaba sentado en un pretil que había surgido de la nada al costado del camino, el otro se trataba de componer, turbado, para intentar comunicarse conmigo.
Su aspecto se me antojó de chacarero de mediados del siglo veinte. El rostro curtido por el sol, pero que al mismo tiempo aparentaba haber pasado varios días sin recibir sus rayos; la piel que se adivinaba blanca debajo del cuello de la camisa, unos rasgos angulosos, pómulos casi brillantes, y un bigote abierto hacia ambos lados, desflecado y desprolijo, pero de indudable proveniencia europea.
Portaba unas ropas confeccionadas en tela gruesa, como quien prevé trabajar una o varias jornadas en el campo y se mune de una buena cobertura para que su piel no se raspe o lastime innecesariamente. Se sacudía de ella hojas y restos de corteza, como si no hubiera estado durmiendo dentro de un auto sino debajo de un árbol durante muchas horas, y los detritus naturales del bosque se hubieran empezado a acumular sobre él. Hasta el olor que despedía era el agradable perfume de las hojas apelmazadas y algo húmedas que se acumulan debajo de los árboles. En lugar de apestar a días sin bañar, olía a nogal, al dulce aroma de su fruto cuando se lo muele. Más precisamente, al olor de la nogalina que rezuma la cáscara de la nuez verde y nos amarrona los dedos cuando intentamos abrirlas en un acto de natural impaciencia. Mirándolo bien, hasta su rostro parecía manchado por la misma tintura. Al sacudirse, también caían nueces al piso.
¿Qué hacían dentro del automóvil? ¿Durmieron un largo tiempo antes de que llegáramos? ¿Cómo se llenaron de cortezas? ¿Creció un bosque alrededor del vehículo por dejarlo allí quién sabe desde cuándo? ¿Y dónde estaban los árboles? ¿Por encima de los matorrales que se cerraban arriba de nuestras cabezas, ocultados por ellos?
Los sueños siempre desafían la razón.
domingo, 2 de marzo de 2014
Pandora
No sabía qué era lo que le daban.
Ronda de conocidos, algunos más cercanos, otros ni remotamente vistos.
No quiso ahí. Se fue a un banco, solo.
Sentado, abrió la caja.
Lo primero que se asomó fue una tucura. Verde con manchas marrones, bien patona, alas ya sobresaliendo: era una ninfa casi adulta.
Una tucura siempre es una bomba a punto de estallar. Tiene apariencia de langosta, pero la langosta vuela, come, destruye, ya se sabe lo que es. La tucura tiene esas patas traseras inmensas, ese movimiento nervioso del cuerpo, casi un temblor. Pero de lejos se nota que el temblor no es miedo. Es nervio puro, una potencialidad de salto subrepticio. Y lo fue: saltó hacia él y en el camino desplegó sus alas.
Por un instante no vio nada: solo alas de colores, colores brotando de las alas. Duró un segundo, con doscientas cincuenta mil fracciones de segundo en el medio en donde se desplegaron, en cada fracción, un color diferente, y se sucedieron suavemente en su conciencia, claras y diáfanas, las doscientas cincuenta mil imágenes como pequeñas explosiones sucesivas. Al cabo de ese segundo, la tucura había volado.
Desde el hueco oscuro de la caja empezaron a aparecer olores, uno detrás de otro, bailando como en un desfile. Cada uno con esa enmarañada forma que tienen los aromas cuando se saben organizar. Algunos olían fuerte y tenían aristas filosas y estructura de metal. Otros salían algodonosos y blancos. Más: fascetados, cursis, olores de presencia violácea y algunos ensordecedores. Salieron atropellados, empujándose como chicos en la puerta de la escuela. La sospechosa suavidad de los que siguieron hacía prever el final. Se preparó para lo que venía: nada.
Se sintió acostarse. Sin saber cómo, un cigarro de tabaco apareció entre sus labios y fumó.
Ronda de conocidos, algunos más cercanos, otros ni remotamente vistos.
No quiso ahí. Se fue a un banco, solo.
Sentado, abrió la caja.
Lo primero que se asomó fue una tucura. Verde con manchas marrones, bien patona, alas ya sobresaliendo: era una ninfa casi adulta.
Una tucura siempre es una bomba a punto de estallar. Tiene apariencia de langosta, pero la langosta vuela, come, destruye, ya se sabe lo que es. La tucura tiene esas patas traseras inmensas, ese movimiento nervioso del cuerpo, casi un temblor. Pero de lejos se nota que el temblor no es miedo. Es nervio puro, una potencialidad de salto subrepticio. Y lo fue: saltó hacia él y en el camino desplegó sus alas.
Por un instante no vio nada: solo alas de colores, colores brotando de las alas. Duró un segundo, con doscientas cincuenta mil fracciones de segundo en el medio en donde se desplegaron, en cada fracción, un color diferente, y se sucedieron suavemente en su conciencia, claras y diáfanas, las doscientas cincuenta mil imágenes como pequeñas explosiones sucesivas. Al cabo de ese segundo, la tucura había volado.
Desde el hueco oscuro de la caja empezaron a aparecer olores, uno detrás de otro, bailando como en un desfile. Cada uno con esa enmarañada forma que tienen los aromas cuando se saben organizar. Algunos olían fuerte y tenían aristas filosas y estructura de metal. Otros salían algodonosos y blancos. Más: fascetados, cursis, olores de presencia violácea y algunos ensordecedores. Salieron atropellados, empujándose como chicos en la puerta de la escuela. La sospechosa suavidad de los que siguieron hacía prever el final. Se preparó para lo que venía: nada.
Se sintió acostarse. Sin saber cómo, un cigarro de tabaco apareció entre sus labios y fumó.
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