Ese tío que no tuve tiene variadas caras, alturas, ropa. Su ausencia, o quizá su presencia indefinida llevó a mis abuelos a invocar una vez más a la vida, que siempre se abre camino y compensa, y años después llegaría Enriqueta. La menor, menuda, charlatana y arrolladoramente simpática.
Pero Maria en aquél entonces era muy chica y tenía que cuidar además a otra hermanita, Ana, dos años menor, mientras sus padres trabajan. Enrique estaba a su cuidado algunas veces, y los mayores se atreven a responsabilizarla por esa enfermedad. A veces el dolor transforma a algunos humanos en cosas que no quieren ser.
Pero a ellos se los podía llegar a comprender. A Domingo y Cecilia se les perdió la luz con ese hijo. Ni siquiera soportan ya escuchar cantar mientras se cosecha: mientras los campesinos entonan esas canciones -una para cada actividad, cada una con un ritmo diferente-, María los ve irse abrazados y, lejos de todos, llorar desconsoladamente.
El día de la muerte de Enrique nadie presta atención a los niños. El dolor atraviesa toda la casa, impregna las paredes y oscurece hasta las colinas circundantes. Estaba próxima la llegada de la primavera y había un almacigo de alelíes listo para transplantar. En silencio, sin que medie una orden, María encorva su cuerpito frágil y con la ayuda de las herramientas que se usan para la quinta, va haciendo pocitos alrededor del jardín que rodea la casa. Ella no entiende por qué, si nadie se lo pidió, está rodeando la casa de plantines de alelí.
Con los años, María se transformaría en una mujer, y ningún hombre podría llegar a ella con un ramo de flores: las detestaria desde tiempos inmemoriales. Más que detestarlas, las flores cortadas le darian desde siempre una tristeza infinita, como si le recordaran la angustia de ver cómo se frustra una vida que recién empieza. Era su forma de rebelarse ante la prepotencia de la muerte.
María creció viendo la guerra y la pobreza bien de cerca, y nunca supo si esa pulsión por ver las flores vivas y brotando desde la tierra le venia de nacimiento o si nació ese dia lúgubre, mientras llenaba de alelíes el jardín de su casa para espantar la tristeza.
El día de la muerte de Enrique nadie presta atención a los niños. El dolor atraviesa toda la casa, impregna las paredes y oscurece hasta las colinas circundantes. Estaba próxima la llegada de la primavera y había un almacigo de alelíes listo para transplantar. En silencio, sin que medie una orden, María encorva su cuerpito frágil y con la ayuda de las herramientas que se usan para la quinta, va haciendo pocitos alrededor del jardín que rodea la casa. Ella no entiende por qué, si nadie se lo pidió, está rodeando la casa de plantines de alelí.
Con los años, María se transformaría en una mujer, y ningún hombre podría llegar a ella con un ramo de flores: las detestaria desde tiempos inmemoriales. Más que detestarlas, las flores cortadas le darian desde siempre una tristeza infinita, como si le recordaran la angustia de ver cómo se frustra una vida que recién empieza. Era su forma de rebelarse ante la prepotencia de la muerte.
María creció viendo la guerra y la pobreza bien de cerca, y nunca supo si esa pulsión por ver las flores vivas y brotando desde la tierra le venia de nacimiento o si nació ese dia lúgubre, mientras llenaba de alelíes el jardín de su casa para espantar la tristeza.
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