La ciudad brilla con maquillajes de moda: el neón ochentoso ya no aparece casi, porque luce como aquellas sombras de colores que usaban las chicas que iban a bailar a Space. Ahora, las pantallas led encienden sus ojos con un rimmel exquisito, exaltando esa belleza que por propia naturaleza ya tiene la noche de Buenos Aires, su más hermoso rostro urbano.
Otra cosa muy diferente es el quimo oscuro que se mueve por sus tripas. Nosotros.
Noche de vuelta a Rosario, después de un acto de esperanza, con mucho de promesa y gusto a no me alcanza por eso de juntarnos, de abrazarnos pero después todos a casa. Mucho porrón hace falta para que tanta gente se conozca y se quiera. Pero hay paciencia de sobra en estos militantes.
El subte, en esta hora previa a su cierre es el último movimiento peristáltico antes de la somnolencia porteña. Los vagones de la linea C empiezan a vaciarse, la gente ya no pelea por los asientos azules aterciopelados espantosos que van quedando cada vez más a la vista. Una nena viene dejando a los ensimismados pasajeros unas figuritas de colores; previamente hace un gesto con la mano abierta que se parece más a un "chocá los 5" que a un "me dá una moneda". Nadie contesta a su gesto, entonces ella tira una tarjetita sobre sus piernas. No tiene seis años.
La veo venir: harapienta, tapada de mugre, reubicando piojos al rascarse con fruición, el pelo agrupado en mechitas grasientas; portando en definitiva unos síntomas tan agudos de abandono que instintivamente busco en los alrededores a la madre que la parió, porque el padre ni esperanza de que esté. Veo al final del coche dos mujeres con chiquitos en brazos y supongo que se referencia con alguna de ellas. Igual no puedo asociar la existencia de una madre con la desolación de esa nena. Se acerca al hombre que está al lado mío y le repite el gesto, él la mira con una mezcla de asco y miedo y se paraliza. Ella le tira la tarjetita, él aparta sobre el asiento con un gesto de disgusto. Me quedo observándolo.
Absolutamente indiferente al cataclismo interno de ese hombre, la nena avanza hacia mí y me repite el gesto. Balbuceando unas palabras ininteligibles, me extiende la mano con los dedos juntos pero en forma lateral. Amago torpemente a estrechar esa manito; no llego a hacerlo, y aunque el instinto me manda a abrazarla, la razón se impone y le digo que no doy plata. Sigue de largo, indiferente a este otro cataclismo.
Al bajar en la punta de linea, la nena se pierde entre la gente junto a seis o siete chicos de estado similar y edades diversas, la más grande de diez o doce, quizás.
Me quedo pensando solo, me siento a comer algo antes de salir a la superficie. Rituales de otros años de retornos nocturnos, con la misma sensación de amor y pena por las ciudades bellas y desiguales en las que vivimos. Mientras termino de comer vuelvo a verlos pasar, la estación ya vacía casi. Una pared los oculta de mi vista pero oigo sus gritos y discusiones mientras suben y bajan por unas escaleras mecánicas, las que salen hacia adentro del viejo edificio del Ferrocarril General Mitre. La chiquita entre todos ellos. Pienso en pedirle un par de porciones de pizza como las que recién comí, para que se vaya a la casa con algo en la panza, pero no puedo con toda la colmena que la acompaña. Tendría que elegir entre alimentarlos y volverme a mi casa.
Una mujer trae a un policía para que "haga algo" porque "se pueden agarrar una manito". Atinado, el hombre -gordo y de buen talante- le dice que no hay por qué alarmarse.
-Qué va a pasar, señora.
Las escaleras están detenidas. Me voy detrás de él, por las dudas. Sigue de largo y ahí está ella. Dentro del enorme recinto, jugando con los que supongo son sus hermanos. Salen, yo detrás de ellos. Ya los pierdo. Un mocito de 15 años los lidera, probablemente estén volviendo al corazón de la 31.
Desde que la vi se dieron tres situaciones en que parecía que la perdía y sin embargo me volvía a encontrar con ella. Ahora sí, veo que se van todos por una puerta que no sé bien dónde sale; yo camino hacia la estación de micros, buscando de igual manera un puesto de venta de lo que sea, como para verificar que si ella hubiera seguido cerca mío, le podría comprar algo de comer. Y mientras me detengo frente a un vendedor de sándwiches, como por arte de magia, a centímetros de mí está ella. Le compro uno. Luego otro a su hermanita, luego otro. Se arremolinan los hermanos, terminamos la transacción con el vendedor y sigo caminando al lado de ella. En un momento se para y yo aprovecho para agacharme y decirle lo que tenía anudado.
-¿Cómo te llamás?
-Luna -me dice.
La rampa que sube a la terminal de micros está cerca. La vereda está extrañamente despejada, libre de puestos callejeros.
-Escuchame, Luna. Yo te vi en el subte, ¿te acordás? -Asiente de una forma que hace que me lo crea.
-Y me pediste plata y no te di, porque no me gusta dar plata. Pero comida sí me gusta darte.
Le brillan los ojitos pícaros. Es terriblemente bella.
-Ahora me debés cien pesos- contesta.
Buenos Aires, 22 de Abril de 2014
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