domingo, 6 de abril de 2014

Brasita de fuego

La ciudad no es una selva, 
tan solo un campo con yuyos,
inmensidad, monte y gleba
hecho de edificios sucios

Caminando se me pegan 
las semillas como abrojos.
Las aparto como llegan
y me miran de reojo.

Yo no nací para andar
combatiendo la maleza. 
Vine a este mundo a encontrar
lo que produce belleza.

Pero no siempre elegimos
el lugar por donde andamos,
a veces toca sentirnos
extraños en suelo amado.

Así me sentía cuando,
distraído entre la hierba,
me encontré maravillado
por una imagen perfecta.

El cielo aún era azul
la tarde una llamarada
cuando en un poste común
pude ver que se posaba.

Era un Brasita de Fuego:
un pajarito inhallable
que cantaba sin sosiego
y brillaba sin mirarme.

Aguardé durante un rato
que se vaya por su cuenta
mientras su rojo asombrado
iluminaba la siesta.

Y para evitar que la gente
y yo mismo le haga daño
le pedí que pronto vuele,
que asombre de campo en campo.

Aún no se va: espera
indeciso quizá al viento;
pero será otro poema
porque yo, sabio, me alejo.





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