domingo, 6 de abril de 2014

Los eucaliptos


Es una mañana tibia de primavera, en 1970. En el cielo de un azul descomunal vuelan con la misma urgencia palomas, babas del diablo y pelusas blancas de flores ignoradas y remotas. El aire viene de lejos, lleno de aromas verdes y de noticias de los montes que salpican como islotes el arlequín verde de la llanura.
El chico sale solo hacia afuera de los límites de la puerta del patio. Escapado del reino de mamá, mira la quinta, que es la huerta de la pampa gringa, a un costado y, hacia el otro, el galpón con las herramientas apasionantes. Pero no acepta ningún llamado y sigue, por cincuenta o sesenta metros más, hasta poder ver de nuevo allá arriba, sin paredes ni alambrados que interfieran, doblando el cuello en un ángulo imposible, a los gigantes majestuosos, los oscuros eucaliptos, peinando sus hojas en forma de hoz, moviendo sus proporciones colosales y susurrando entre ellos con sus voces cascadas. Él los mira mover sus hojas lacias e inclinarse como opinando mientras el viento suave le sopla las mejillas rojas.
Es allí, a la vera del camino que llega a la chacra, en ese día luminoso, cuando se da cuenta de todo. Son esos gigantes -y no otra cosa- los que al moverse, agitando sus deditos falcados, producen el viento que roza la cara, agita los pastos y la ropa tendida y mueve el molino. Con esa extraña vitalidad, que los hace capaces de flexionar sus troncos y ramas y sacudir sus aletas verdes, ellos son la usina que mueve el aire.
Treinta y seis años después, su hijo Marco, de siete años, hace el descubrimiento.
Está mirando la ciudad gris y estridente que pasa por la ventanilla del auto y, en el medio de todo, detiene su vista en un árbol.
-El viento mueve los árboles, los árboles se mueven y producen viento -dice.

MarceloT
4 de abril de 2006

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