-¡Siempre! -gritó la mujer, apoyada en el pretil.
-¡Siempre! -repitió.
Miraba un punto lejano donde el puente en el que estaba se unía a un islote rocoso que contenía una edificación sólida y amenazante.
Detrás de ella, un hombre maduro que se había detenido también allí, como si de pronto cobrara fuerzas, colocó sus manos como bocina y vociferó también: -¡Nunca! ¡Nunca, nunca, nunca...!- Y, como abatido, en un susurro casi sollozó -¡Nunca jamás...!
Pequeñas perlitas de sudor le caían por la roja frente.
Luego fue el turno de dos jóvenes que se habían acercado como alertados por el barullo. Intempestivamente comenzaron ellos, también, a proferir gritos de cara a la isla: -¡Todo! ¡Total! -decían como poseídos, uno a la vez, alternándose.
La primera mujer se volvió, se puso en medio de ellos y cuando, vencidos, hicieron silencio, los tomó de la mano como quien les quiere dar ánimo: -¡Nada! ¡Ninguna! -Repitió las palabras hasta cansarse.
A unos pasos, debajo de la sombra de un pequeño árbol, había un viejo. Pasaba desapercibido con su piel apergaminada y su cabello ralo y blanco, como un árbol más al costado del camino.
-Dejen de llamarlas -susurró casi, sin levantar la vista hacia ellos.
El pequeño grupo que se había formado quedó inmóvil y en silencio por un instante, con el asombro transitando por ellos como si de verdad hubiera hablado un árbol. Se acercaron de a poco al viejo.
-Ya podrían darse cuenta -volvió a hablar-. Es inútil que las invoquen, se fueron y no volverán.
-...eso no es... -intentó interrumpir el hombre maduro.
El viejo, con el leve movimiento de un dedo, dejó en claro que no había terminado.
-Las palabras que buscan ya no están entre nosotros. Se han ido allá -señaló la isla- y no pueden ya regresar.
-Pero es que recién me pareció que estaba aquí. -El hombre maduro pudo completar su frase. La mujer agregó: -A mí también, y no suelo equivocarme en mis percepciones.
-No lo niego -agregó el viejo-, pero lo que parecen ser palabras son sólo la imagen de ellas. Siempre, nunca, su hermana menor nunca jamás, todo, total, nada, ninguna, y algunas otras parientes y amigas que frecuentaban el universo amoroso ya no están entre nosotros.
Viven, a su pesar y el de los románticos del mundo, en aquella cárcel de máxima seguridad, en medio de la isla. Están vigiladas por un poderoso guardián y no existe modo de escape.
-¿Seguro? -Preguntó uno de los muchachos.
-No. -Dijo el viejo.
Se hizo entre ellos un silencio pesado donde la incomprensión cabalgaba a gusto.
-No entiendo -dijo la mujer- Si no es seguro, ¿Por qué nos lo está diciendo?
-Las palabras existen solamente si, luego de pronunciarlas, otra persona contesta afirmativamente. Un silencio o una negativa deja sólo su imagen, y la palabra verdadera no vive.
-Entonces -dijo el hombre- Seguro también está en la cárcel.
-¡Claro! -dijo el muchacho q no había hablado- ¡Se lo llevaron preso!
El viejo prorrumpió en una carcajada estentórea, que parecía no tener fin. El segundo muchacho intentaba reír sin estar del todo seguro de haber dicho algo gracioso.
-No, muchacho. Seguro está ahí pero no está preso: es el carcelero de todas las demás palabras.
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