domingo, 2 de marzo de 2014

Pandora

No sabía qué era lo que le daban. 
Ronda de conocidos, algunos más cercanos, otros ni remotamente vistos.
No quiso ahí. Se fue a un banco, solo.
Sentado, abrió la caja.
Lo primero que se asomó fue una tucura. Verde con manchas marrones, bien patona, alas ya sobresaliendo: era una ninfa casi adulta. 
Una tucura siempre es una bomba a punto de estallar. Tiene apariencia de langosta, pero la langosta vuela, come, destruye, ya se sabe lo que es. La tucura tiene esas patas traseras inmensas, ese movimiento nervioso del cuerpo, casi un temblor. Pero de lejos se nota que el temblor no es miedo. Es nervio puro, una potencialidad de salto subrepticio. Y lo fue: saltó hacia él y en el camino desplegó sus alas.
Por un instante no vio nada: solo alas de colores, colores brotando de las alas. Duró un segundo, con doscientas cincuenta mil fracciones de segundo en el medio en donde se desplegaron, en cada fracción, un color diferente, y se sucedieron suavemente en su conciencia, claras y diáfanas, las doscientas cincuenta mil imágenes como pequeñas explosiones sucesivas. Al cabo de ese segundo, la tucura había volado.
Desde el hueco oscuro de la caja empezaron a aparecer olores, uno detrás de otro, bailando como en un desfile. Cada uno con esa enmarañada forma que tienen los aromas cuando se saben organizar. Algunos olían fuerte y tenían aristas filosas y estructura de metal. Otros salían algodonosos y blancos. Más: fascetados, cursis, olores de presencia violácea y algunos ensordecedores. Salieron atropellados, empujándose como chicos en la puerta de la escuela. La sospechosa suavidad de los que siguieron hacía prever el final. Se preparó para lo que venía: nada. 
Se sintió acostarse. Sin saber cómo, un cigarro de tabaco apareció entre sus labios y fumó.


No hay comentarios:

Publicar un comentario